19 de Abril
1821
San Martín designa al general Arenales para comandar la división que iba a realizar la segunda campaña de la Sierra.

1827
Desde Bruselas, San Martín contesta al general Miller su carta del día 9 del misino mes escrita desde Londres y entre sus muchos párrafos, contiene los siguientes de mucho interés histórico: «No creo conveniente hable usted lo más mínimo de la logia de Buenos Aires: éstos son asuntos enteramente privados y que aunque han tenido y tienen una gran influencia en los acontecimientos de la revolución de aquella parte de la América, no podrán manifestarse sin faltar de mi parte a los más sagrados compromisos. A propósito de logias sé, a no dudarlo, que esta sociedad se ha multiplicado en el Perú de un modo extraordinario. Esta es una guerra de zapa que difícilmente se podrá contener y que hará cambiar los planes más bien combinados».

«Me dice usted en la suya última lo siguiente: Según algunas observaciones que he oído verter a cierto personaje, él quería dar a entender que usted quiso coronarse en el Perú, y que éste fue el principal objeto de la entrevista de Guayaquil. Sí, como no dudo (y esto sólo porque me lo asegura el general Miller), el cierto personaje ha vertido estas insinuaciones, digo que lejos de ser un caballero, sólo me merece el nombre de un insigne impostor y de despreciable pillo, pudiendo ase¬gurar a usted, que si tales hubiesen sido mis intenciones, no era él quien hubiera hecho cambiar mi proyecto».

«En cuanto a mi viaje a Guayaquil, él no tuvo otro objeto que el de reclamar del general Bolívar los auxilios que pudiera prestar para terminar la guerra del Perú, auxilios que una justa retribución ?prescindiendo de los intereses generales de América? lo exigía por los que el Perú tan generosamente había prestado para libertar el territorio de Colombia. Mi confianza en el buen resultado estaba tanto más fundada cuanto el ejército de Colombia, después de la batalla de Pichincha, se había aumentado con los prisioneros y contaba con nueve mil seiscientas bayonetas; pero mis esperanzas fueron burladas al ver que en mi primer conferencia con el Libertador me declaró que haciendo todos los esfuerzos posibles sólo podía desprenderse de tres batallones con la fuerza total de mil setenta plazas. Estos auxilios no me parecieron suficientes para terminar la guerra, pues estaba convencido que el buen éxito de ella no podía es0perarse sin la activa y eficaz cooperación de todas las fuerzas de Co-lombia: así es que mi resolución fue tomada en el acto, creyendo de mi deber hacer el último sacrificio en beneficio del país. Al siguiente día y a presencia del vicealmirante Blanco dije al Libertador que habiendo dejado convocado al Congreso para el próximo mes, el día de su instalación sería el último de mi permanencia en el Perú; añadiendo: Ahora le queda a usted, general, un nuevo campo de gloria en el que va a poner usted el último sello a la libertad de la América».

«Yo autorizo v ruego a usted, escriba al general Blanco a fin de rectificar este hecho. A las dos de la mañana del siguiente día me embarqué habiéndome acompañado Bolívar hasta el bote y entregándome su retrato como una memoria de lo sincero de su amistad. Mi estadía en Guayaquil no fue más que de cuarenta horas, tiempo suficiente para el objeto que llevaba».