21 de Abril
1814
Belgrano, desde Santiago del Estero, escribe una extensa carta a San Martín, dándole algunas ideas sobre las necesidades más imperiosas a llenar en el caso de que deba abrir una campaña en el Alto Perú, aunque sabe que está hablando con un general militar, que yo no lo he sido ni soy.

1815
Habiendo propuesto José Miguel Carrera un plan para li¬bertar a Chile, que San Martín juzgó inaceptable, el Director Alvear había resuelto su reemplazo con el coronel Gregorio Perdriel.

El Cabildo de Mendoza se había opuesto a este nombramiento, o mejor dicho, a que San Martín dejase el puesto de Gobernador Intendente de Cuyo.

El últi¬mo había hecho entonces dimisión del mando, pero el 21 de Abril de 1815, el pueblo mendocino congregado en cabildo abierto, niega obe¬diencia al Director Alvear por no haber sido elevado al poder supremo con todos los votos de la Nación, declara rotos sus vínculos de unión con la capital y nombra por su propia autoridad gobernador intendente de Cuyo al general San Martín.

Los pueblos de San Luis y de San Juan se adhirieron a la elección del de Mendoza. (El día 15 ya había sido depuesto Alvear como consecuencia del pronunciamiento de Fontezuelas por las fuerzas mandadas por el coronel Alvarez Thomas).

1821
Parte del C. G. de Huaura la división patriota mandada por Arenales, abriendo la nueva campaña: San Martín le había prece¬dido en su marcha triunfal con su famosa proclama a los habitantes de Tarma, en la que les decía:
«Vuestro destino es escarmentar por segunda vez a los ofensores de la Sierra; el General que os dirige conoce tiempo ha el camino por donde se marcha a la victoria; él es digno de mandar, por su honradez acrisolada, por su habitual prudencia, y por la serenidad de su coraje; seguidle y triunfaréis».

1821
O'Higgins contesta a San Martín lamentando su mal estado de salud y le dice textualmente: «De los males que nos circulan el más intolerable es su falta de salud. Suplico a usted por lo más sagrado del mundo la cuide con preferencia a todo. Veo por su apreciable del 3 de Marzo que se había levantado de la cama después de siete días de enfermedad. Aseguro a usted que más me mortifican tales riesgos y padecimientos que cuantas nuevas infaustas se me comunicasen de esa parte».

1822
Noventa y seis Granaderos de los Andes, a las órdenes del comandante D. Juan Lavalle, después de atravesar la villa de Ríobamba, y a la espalda de una altura en una llanura, son repentinamente sor¬prendidos por la presencia de tres escuadrones realistas fuertes de 120 hombres cada uno, los que sostenían la retirada de su infantería: «una retirada?dice el comandante Lavalle en su parte fechado en Ríobamba el día 25?hubiera ocasionado la pérdida del escuadrón y su deshonra, y era el momento de probar en Colombia su coraje: mandé formar en batalla, poner sable en mano y los cargamos con firmeza.

El escuadrón que formaba 96 hombres parecía un pelotón respecto de 400 hombres que tenían los enemigos; ellos esperaron hasta la distancia de 15 pasos, poco más o menos, cargando también; pero cuando oyeron la voz: de a degüello, y vieron morir a cuchilladas tres o cuatro de los más valientes, volvie-ron caras y huyeron en desorden.

La superioridad de sus caballos los sacó por entonces del peligro con pérdida solamente de 12 muertos, y fueron a reunirse al pie de sus masas de infantería. El escuadrón llegó hasta tiro y medio de fusil de ellos, y temiendo un ataque de las dos armas, le mandé hacer alto, formarlos, y volver caras por pelotones; la retirada se hacía al tranco del caballo, cuando el general Tobía, puesto a la cabeza de sus tres escuadrones, los puso a la carga sobre el mío.

El coraje brillaba en los semblantes de los bravos Granaderos, y era preciso ser insensible a la gloria para no haber dado una segunda carga. En efecto, cuando los 400 godos habían llegado a cien pasos de nosotros mandé volver caras por pelotones y los cargamos por segunda vez; en este nuevo encuentro se sostuvieron con alguna más firmeza que en el primero, y no volvieron caras hasta que vieron morir dos capitanes que los animaban.

En fin, los godos huyeron de nuevo, arrojando al suelo las lanzas y carabinas y dejando muertos en el campo cuatro oficiales y 45 individuos de tropa. 50 Dragones de Colombia que vinieron a reforzar el escuadrón lo acompañaron en la segunda carga y se condujeron con braveza.

Nosotros nos paseamos por encima de sus muertos a dos tiros de fusil de sus masas de infantería, hasta que fue de noche, y la caballería que sostenía antes la retirada de su infantería fue sostenida después por ella.

El escuadrón perdió un granadero muerto, y dos heridos, después de haber batido a un número tan superior de enemigos en el territorio de Quito.

Entre tantas acciones brillantes de los oficiales y tropas del escuadrón, es difícil hallar la de más mérito; sin embargo es preciso nombrar al valiente sargento mayor graduado, capitán D. Alejo Bruix, al teniente D. Francisco Olmos, a los sargentos Díaz y Vega y al granadero Lucero.

Tengo el honor de asegurar a V. E. mis respetos, y que soy su atento servidor Q. S. M. B. - JUAN LA VALLE. Al Excmo. Señor D. José de San Martín, Capitán General en jefe del Ejército Libertador del Perú y Protector de su libertad».

1880
Se embarcan en el puerto del Havre los restos mortales del general San Martín, a bordo del transporte «VILLARINO» ?comandado por el teniente coronel de marina D. Ceferino Ramírez?. Exhumados del cementerio de Brunoy fueron conducidos a París, desde donde un tren especial los condujo al puerto de embarque: en el Havre fueron transportados a la catedral, en donde se realizó una ceremonia religiosa con asistencia de las autoridades civiles y militares francesas y de la comitiva que había partido desde París formando acompañamiento.

El gobierno de Francia dispuso que el Regimiento de infantería Nro 119 tributara los honores militares: terminada la ceremonia religiosa, el ataúd fue depositado en el carro fúnebre, cubierto con las banderas de las naciones sudamericanas y conducido al puerto, donde se trasbordó al «VILLARINO» en el que se había improvisado una capilla ardiente sobre cubierta.