5 de Abril
1818
Desde su llegada a Santiago en la tarde del 25 de Marzo, San Martín desplegó una actividad febril para reorganizar el ejército, tarea en la que fue secundado por todos los jefes y oficiales, políticos y pueblo. Beltrán hizo prodigios, dice Espejo, obteniendo un rendimiento de 50.000 cartuchos diarios.

En los primeros días de Abril el Ejército Unido, reorganizado, sumaba 5.050 soldados y 21 piezas de artillería y estaba listo para entrar en campaña.

La batalla de Maipú, librada en esta fecha, representa el hecho de armas más decisivo librado en el Continente Americano.

En seis horas de sangrienta lucha, el general San Martín derrota completamente en los llanos de Maipú al ejército del general Osorio. Se atrincheró en la Hacienda de Espejo el brigadier Ordoñez, donde tentó la suerte de las armas hasta el último extremo: reciamente atacado en aquella posición por el Batallón 11 mandado por el heroico Las Heras, secundado por otros cuerpos, no obstante el mortífero fuego con que los recibió Ordoñez, que derribó alrededor de 250 hombres y formó cua¬dro con la infantería que le quedaba; la terrible lucha que allí se des¬arrolló fue fatal para el glorioso defensor de Talcahuano, que quedó prisionero de guerra.

Sólo el coronel Ramón Rodil, con su Batallón Arequipa, logró retirarse casi indemne, perseguido por el comandante Ramón Freire, logrando refugiarse en Talcahuano. A las 6 de la tarde la batalla estaba virtualmente terminada: había empezado al mediar el día de aquella extraordinaria jornada.

Los realistas dejaron más de 2.000 cadáveres cubriendo el campo de la lucha. Cerca de 3.000, incluso 190 jefes y oficiales, quedaron prisioneros. Todo el armamento y material de guerra pasó a poder de los patriotas.

Las pérdidas del Ejército Uni¬do se calculan en un millar, entre muertos y heridos.

A las 5 de la tarde llegaba al campo de batalla el general O'Higgins con el brazo en cabestrillo y su herida recibida en Cancha Rayada, aún abierta. Al encontrarse con el ínclito vencedor de la sangrienta jornada, le abrazó exclamando:«GLORIA AL SALVADOR DE CHILE!».

1863
Se inaugura solemnemente en Santiago de Chile la estatua ecuestre levantada a la gloriosa memoria del insigne Capitán del Ejér¬cito de los Andes. Pronunciáronse numerosos discursos, iniciando la serie el Ministro del Interior, D. Manuel Antonio Tocornal, siguiéndole el General Juan Gregorio de Las Heras, quien pronunció una emocionante alocución: «No es al hombre nacido aquí o allí a quien Chile consagra esta estatua. Es al americano ilustre, al guerrero, al caudillo de las huestes de la libertad e independencia americana, al general americano don José de San Martín».

«No me toca a mí, señores, recorrer la carrera de gloria que dejó trazada con su genio y con su espada este americano eminente. Lo único que me permitiré recordar es la alta e inconmovible fe, el elevado sentimiento de los grandes destinos de la América que tanto y tan certero impulso daban a sus esfuerzos; cómo alentado por esa fe, iluminado por ese pensamiento, con pequeños medios se allanaban los montes, se vencían las distancias, se arrollaban las resistencias, se franqueaban los mares; y la América del Sur, representada y guiada por ese hombre, alcanzaba la victoria. ¡Gloria a la América, gloria al general San Martín!».

«¡General San Martín! ?finalizó el Héroe de Cancha Rayada? al pie del alto puesto que por vuestras virtudes cívicas y militares la opinión pública os señala, un oficial de vuestro ejército os saluda grande y Libertador de dos repúblicas».

1877
El Presidente Avellaneda se dirige a sus conciudadanos pa¬ra que el pueblo argentino cumpliese con el voto de gratitud que era la deuda sagrada de dos generaciones: «En nombre de nuestra gloria como nación, invocando la gratitud que la posteridad debe a sus benefactores, invito a mis conciudadanos desde el Plata hasta Bolivia, y hasta los Andes, a reunirse en asociaciones patrióticas, recoger fondos y promover la traslación de los restos mortales de don José de San Martín para encerrarlos dentro de un monumento nacional, bajo las bóvedas de la catedral de Buenos Aires».