7 de Abril
1822
La retirada de lca, se inicia en la noche del 6 y a las 11 de la misma, las columnas libertadoras, arreando su ganado, rompen la marcha por el callejón que conducía a la hacienda de la Macacona, en donde Canterac había colocado una partida avanzada al mando del brigadier Loriga.

Sin quererlo, Tristán vino a enfrentarse con el ejér¬cito enemigo, y vióse obligado a batirse: al producirse el encuentro, brillaba sobre el cielo de lca la luz plateada de una noche de luna, lo que facilitó a Canterac la ubicación de su tropa, y llevó a Tristán a comprometerlo iniciando un ataque sobre las posiciones que ocupaba el adversario.

La carga fue llevada por una compañía del Batallón Nro 2 de Chile y por otra del Nro 1 del Perú, pero apenas iniciado el fuego, rompió a su vez el suyo el primer batallón del Imperial Alejandro, y un escuadrón de Dragones de la Unión. El coronel Gamarra, jefe de E. M. de la fuerza expedicionaria, dice que a la luz de esta descarga descubrió la presencia del escuadrón de húsares de Fernando VII, en¬frentándolo, y que a raíz de esa sorpresa las compañías se desorganiza¬ron debido al vigor de la carga realista. El coronel Aldunate (chileno) organizó como pudo la resistencia y afrontó los fuegos del batallón del. Regimiento Imperial Alejandro, pero por más que su ardor llegó a manifestarse en grado heroico no pudo quebrar la resistencia enemiga: Aldunate cayó herido, el batallón se dispersó y se dio a la fuga. Los patriotas no pudieron reaccionar, y mientras unos se dirigían sobre Nazca, los otros lo hacían sobre Pisco, perseguidos respectivamente, por los húsares de Fernando VII y por los Granaderos de la Guardia.

La derrota de Macacona significó para los patriotas la pérdida de 1.000 prisioneros, de dos banderas, de 50 jefes y oficiales, de 4 cañones, de 2.000 fusiles, de todas las cajas de guerra y de la imprenta, sin contar los muertos y heridos que quedaron sobre el campo de batalla.

Al amanecer del día 7, el general Canterac entraba en la ciudad de lca, donde fue vivamente aclamado por la población.

1844
En esta fecha, que era domingo, el Dr. Florencio Várela se traslada a Grand-Bourg, acompañado de su amigo D. Manuel Guerrico a visitar al general San Martín y despedirse el primero, con motivo de su regreso al Río de la Plata.

De ese día, Varela anotó, entre otras cosas: «Desde luego he visto con indecible gusto el estandarte que Pizarro trajo a la conquista del Perú el más antiguo y más interesante monumento de aquella época de regeneración y de sangre de exterminio y de progreso para la América. No sé de donde he sacado pero tengo por un hecho que ese estandarte fue hecho por las manos de doña Juana la Loca, hija desventurada de la altísima matrona que diestró el trono de Castilla y madre del nuevo César, Carlos V. El general San Martín halló ese estandarte en Lima cuando la ocupó en 1821 y le llevó consigo al salir del Perú acompañado con su documento que le dio el cabildo de aquella capital, certificando la autenticidad del estandarte, que por otra parte no necesita que nadie lo certifique pues habla bien claramente por sí».

Y refiriéndose a otro punto, dice Varela: «Vea usted, me decía el General, vea usted qué consecuencia y qué principios. Sin que yo se lo preguntase y recordando una carta que le escribí desde el Janeiro en que le comunicaba mi deseo de tener documentos y datos auténticos para escribir las campañas de Chile y del Perú, el General me habló de los motivos que le decidieron a no obedecer las órdenes que el Directorio o como él dice, la Logia de Buenos Aires, le envió para que viniese con el ejército a someter a Santa Fe y demás provincias que hacían la guerra a la autoridad nacional en 1819».

«Yo había visto, me decía el General ?prosigue Varela?, que los mejores jefes como las mejores tropas se habían desmoralizado y perdido en la guerra de desorden que era necesario hacer; y sobre todo en el desquicio general en que las cosas se hallaban. Belgrano mismo no había podido evitar la sublevación de todo su ejército y era para mi evidente que bajando yo con las divisiones del mío, muy pronto habrían corrido la misma suerte. Al paso de mi nombre que invocaba el Directorio, si algo servía para la guerra contra los españoles, ningún efecto habría tenido en las discusiones civiles. Ya estaba además proyectada la campaña del Perú, y aún empezados a hacerse algunos preparativos. Bajar a Buenos Aires con el ejército era renunciar a la campaña del Perú; dejar a Chile expuesto a nuevas tentativas de los realistas que tenían aún en el Perú 27.000 hombres; perder las divisiones que bajasen y sin probabilidad de ser útil a la causa por que se me llamaba».