1817
La división patriota sitiadora se aproxima a las fortificaciones de Talcahuano, y O'Higgins ordena por la noche que los obuses bombardeen las baterías del Cerro del Cura, que reciben 25 impactos. Al día siguiente se prosiguió el bombardeo contra la plaza: una fuerza de caballería realista que salio fuera de esta, fue cargada por el 4to Escuadrón de Granaderos a Caballo, el que persiguió a los españoles, que huye-ron, hasta arrollarlos en los mismos fosos, haciendo caso omiso del fuego que le dirigieron los cañones de la plaza.

A las 4 de la tarde del mismo día, la División regresó a sus cuarteles de Concepción en el mayor orden.

1820
Desde su C. G. en Valparaíso, San Martín expide una extensa proclama a sus compatriotas, en momentos en que se apresta para iniciar la expedición al Perú, en la que historia sus servicios, le señala los males inmensos que acarrea a la Patria la tremenda anarquía en que se debate, les anuncia que va a emprender la grande obra de dar la libertad al Perú y termina diciendo:
?Provincias del Río de la Plata! el día mas célebre de vuestra revolución esta próxi-mo a amanecer. Voy a dar la última respuesta a mis calumniadores: yo no puedo menos que comprometer mi existencia y mi honor por la causa de mi país; y sea cual fuere mi suerte en la campaña del Perú, probaré que desde que volví a mi patria, su independencia ha sido el único pensamiento que me ha ocupado y que no he tenido más ambición que la de merecer el odio de los ingratos y el aprecio de los hombres virtuosos?.

1842
San Martín escribe a su gran amigo D. Ignacio Zenteno y le dice: La carta que usted me remite del General Bulnes me ha llenado de la más completa satisfacción.

En ella no sólo me ofrece una nueva patria, sino también aprueba del modo mas lisonjero para mi, mi conducta militar en Chile. Yo le manifiesto mi sincero reconocimiento en la que le incluyo, y ruego a usted que si se le presenta una oportunidad, se lo haga presente igualmente a mi nombre.

El vivo interés que toma usted en que fije mi residencia en Chile, es una nueva prueba que recibo de su amistad. Yo no correspondería a ella, si sobre este particular no le hablase con la franqueza de un amigo. He aquí los motivos que me lo impiden hacerlo en el día.

El 12 de Abril del presente año ha muerto repentinamente en España, a donde había ido a ver una grande explotación de minas de carbón que había establecido en Asturias, mi antiguo amigo y compañero de regimiento en España, don Alejandro Aguado, marqués de las Marismas.

Por su testamento no sólo me nombró su general albacea, sino también tutor y curador de sus hijos menores. Sin la más horrible nota de ingratitud, yo no podía declinar este cargo, que la más pura amistad me ha legado; y satisfecho de haber desempeñado este sagrado deber, quedaré libre para disponer de mi y de mi futura suerte.