5 de Agosto
1821
Los patriotas de la división Miller llegan a Ica, en persecución del coronel Santalla que mandaba 200 hombres sólo 3 horas descansaron aquéllos en Garganta ?punto a 2 leguas mas allá de Ica? y prosiguieron su marcha en dirección a Chan-guilla, 16 leguas distante, a donde llegaron el día 7 a la noche, cortando la retirada a Santalla por el camino de Palpa a Arequipa; apercibido el último de la aproximación de los patriotas, el 8 se puso en precipitada fuga en dirección a las montañas, pero el infatigable Miller se había puesto de acuerdo con los indios moruchos, que se levan-taron en masa, y las laderas y cúspides de las montañas se cubrieron de salvajes, resonando en toda la región sus gritos de guerra y sus aullidos espantosos.

El coronel Santalla trató de escapar por el camino que va a Huancavélica, para evitar los enemigos que habían surgido a su frente: en Copari, 7 leguas distante de Palpa, tuvo lugar una corta escaramuza, en la que perdieron la vida algunos realistas y se les capturaron 70 u 80 prisioneros; trepando el resto de una montaña de difícil esca-lamiento, que los patriotas no pudieron escalar por su extremo cansancio, regresan-do a Palpa por el mismo camino por el que habían avanzado. Miller tomó la resolu-ción de regresar de Palpa a Ica, destacando antes a los capitanes Plaza y Carreño con 23 jinetes, únicos que tenían caballos de repuesto; estos dieron con un pelotón de 96 españoles, en Caguachi, a 3 leguas de Nazca, los que se hallaban profunda-mente dormidos dentro de un corral, siendo sorprendidos por el capitán Plaza: en la descarga que hicieron los patriotas mataron 12 enemigos e hirieron otros tantos, quedando prisioneros el teniente coronel Rada, 15 oficiales y 65 soldados.

Santalla que se hallaba durmiendo a cierta distancia de su tropa, al sentir los dispa-ros, se puso en fuga con algunos acompañantes; a pesar de la maña que se dio para huir desde Caguachi a Arequipa, haciéndose pasar por oficial francés al servicio de los independientes, en Chaparra fue reconocido y los habitantes del valle se apode-raron de él, y se aprestaban a aplicarle la ultima pena, pero las lagrimas de la mujer de Santalla ?que estaba por dar a luz en esos días? y que unió a sus súplicas un reparto liberal de dinero entre las gentes más pobres del pueblo, salvaron la vida del ex-colaborador de San Martín para entregar la fortaleza del Callao.

Terminada su atrevida campaña, el teniente coronel Miller despachó su tropa a Lima por mar, mientras él viajó por tierra para el mismo punto, donde el general San Martín lo promovió a coronel y le encargó la organización de la ?Legión Peruana de la Guardia ?.

1838
Al tener conocimiento San Martín del bloqueo francés decretado contra el Río de la Plata, escribe a Rosas ofreciendo sus servicios, si los cree de alguna utilidad y espera sus órdenes: tres días después de haberlas recibido ?le dice- me pondré en marcha para servir a la patria honradamente, en cualquier clase que se me destine,
?Concluida la guerra, me retiraré a un rincón, esto es, si mi país me ofrece seguridad y orden; de lo contrario, regresaré a Europa con el asentimiento de no poder dejar mis huesos en la patria que me vio nacer.

Separado voluntariamente ?prosigue? de todo mando público, el año 23, y retirado en mi chacra de Mendoza, siguiendo por inclinación una vida retirada, creía que este sistema y mas que todo, mi vida pública en el espacio de diez años, me pondrían a cubierto con mis compatriotas de toda idea de ambición a ninguna especie de mando

Me equivoqué en el cálculo. A los dos meses de mi llegada a Mendoza el gobierno que en aquella época mandaba en Buenos Aires, no sólo me formó un bloqueo de espías, entre ellos a uno de mis sirvientes, sino que me hizo una guerra poco noble en los papeles públicos de su devoción, tratando al mismo tiempo de hacerme sospe-choso a los demás gobiernos de las provincias. Por otra parte, los de la oposición, hombres a quienes en general no conocía ni aún de vista, hacían circular la absurda idea de que mi regreso del Perú no tenia otro objeto que el de derribar la administra-ción de Buenos Aires y para corroborar esta idea mostraban con una imprudencia poco común, cartas que ellos suponían les escribía.

Lo que dejo expuesto me hizo conocer que mi posición era falsa y que, por desgra-cia, yo había figurado demasiado en la guerra de la independencia, para esperar gozar en mi patria por entonces la tranquilidad que tanto apetecía. En estas circuns-tancias resolví venir a Europa, esperando que mi país ofreciese garantías de orden para regresar a él; la época la creí oportuna el año veintinueve; a mi llegada a Buenos Aires me encontré con la guerra civil; preferí un nuevo ostracismo a tomar ninguna parte en sus disensiones, pero siempre con la esperanza de morir en su seno.

Desde aquella época ?termina? seis años de males no interrumpidos han deterio-rado mi constitución pero no mi moral ni los deseos de ser útil a nuestra patria.