1821
De acuerdo con los términos del armisticio ajustado el 19 a las diez de la mañana las tropas patriotas toman posesión de las fortalezas del Real Felipe, San Miguel y San Carlos, y el pabellón del Estado libre del Perú se enarbola en lo más alto de los castillejos.

1821
La infantería patriota marchó 3 leguas y acampó al pie de la cuesta de Puruchuco. El general Canterac se hallaba una legua más adelante y a mitad de la subida de la montaña.

1822
San Martín hace saber a su leal colaborador, el general Tomás Guido, su resolución de abandonar el Perú inmediatamente, y ante las acaloradas insinuaciones del último para no realizarse tal idea, el Libertador del Perú argumentó en la forma que sigue, según exposición escrita de Guido refiriendo tan emocionante conversación.

Y bien ?dijo San Martín-, aprecio los sentimientos que acaloran a usted; pero en realidad existe una dificultad mayor, que no podría yo vencer sino a expensas de la suerte del país, y de mi propio crédito, y a tal cosa me resuelvo. Le diré a usted sin doblez: Bolívar y yo no cabemos en el Perú. He penetrado sus miras arrojadas; he comprendido su desabrimiento por la gloria que pudiera caberme en la prosecución de la campaña. El no excusaría medios, por audaces que fueren, para penetrar en esta República seguido de sus tropas; y quizá entonces no me sería dado evitar un conflicto a que la fatalidad pudiera llevarnos, dando así al mundo un humillante escándalo.

Los despojos del triunfo de cualquier lado a que se incline la fortuna, los recogerían los espa- ñoles, nuestros implacables enemigos, y apareceríamos convertidos en instrumentos de pasiones mezquinas. No seré yo, mi amigo, quien deje tal legado a mi patria; y preferiría perecer, antes que hacer alarde de laureles recogidos a semejante precio.

Eso no. Entre sí puede el general Bolívar, aprovechándose de mi ausencia; si lograse afianzar en el Perú lo que hemos ganado, y algo más, me daré por satisfecho, su victoria sería, de cualquier modo, victoria americana.

San Martín apresuró los preparativos de su partida, sumido en emocionado y triste silencio: un asistente se aproximó para avisarle que su caballo ensillado estaba listo a la puerta: eran las nueve de la noche pasadas; el General San Martín estrechó a su confidente y amigo leal Tomás Guido, en un prolongado abrazo de despedida; y partió al trote hacia el puerto de Ancón, seguido de una escolta. En aquel punto lo esperaba el bergantín BELGRANO para trasladarse a Chile.

Eran las 2 de la mañana cuando tomó la pluma y se despidió así de su amigo Guido: Mi amigo: Usted me acompañó de Buenos Aires uniendo su fortuna a la mía; hemos trabajado en este largo período en beneficio del país lo que se ha podido; me separo de usted, pero con agradecimiento no sólo a la ayuda que me ha dado en las difíciles comisiones que le he confiado, sino que con su amistad y cariño personal ha suavizado mis amarguras y me ha hecho más llevadera mi vida pública.

Gracias y gracias ?y mi reconocimiento? Recomiendo a usted a mi compadre Brandsen, Raulet y Eugenio Necochea. Abrace usted a mi tía y Merceditas ? Adiós, Su SAN MARTÍN.

Así desapareció ?dice Paz Soldán en página 347 del Tomo I de su magnífica HISTORIA DEL PERÚ INDEPENDIENTE? para siempre de la escena política el hombre más sobresaliente o eminente de la Revolución Americana.

Como guerrero fue más grande que Federico: para conseguir la libertad de las Provincias del río de la Plata y Chile necesitó muy pocos combates; para anonadar el poder de España en el Perú, apoderarse de su Capital, y reducir al enemigo al pequeño espacio que materialmente ocupaba, le bastaron maniobras, combinaciones militares y planes políticos. El Perú pudo considerarse como Nación sin haber dado ninguna batalla: escaramuzas de más o menos importancia fueron suficientes.

Llegó al Perú con cuatro mil hombres escasos, que la mayor parte fueron víctimas de la intemperie del clima; cuando se ausentó para siempre, había leyes para la administración de justicia; para el arreglo de la Hacienda, para el servicio de la Administración; y por último había un cuerpo que representaba legítimamente al pueblo peruano y un ejército de más de diez mil hombres, en su mayor parte peruanos, que con sus armas sellarían nuestra libertad e independencia.

Se le tacha de haber sido inclinado al sistema monárquico; pero si en su corazón abrigaba estas ideas, jamás quiso ser el REY teniendo fuerza para afianzarse en el puesto. Uno de sus más íntimos amigos y que conservó su fiel amistad hasta el fin de sus días ha dicho que al proponer un príncipe de Europa para el Perú, usó probablemente de una estratagema para halagar a las casas reinantes en Europa y que así concediesen grandes ventajas a la causa de la independencia (García del Río).

Con una mano sostenía el imperio de las habitudes y con la otra lo miraba lentamente. Para no luchar de frente con la antigua nobleza y aprovecharse de su influencia decretó la Orden del Sol, creó el Consejo de Estado y conservó los títulos de Condes y Marqueses; más las recompensas los igualaban con la ínfima clase. Se dejó a aquellos el brillo de su nacimiento y a estos la igualdad política, antes de declararla por la fundamental.