1818
Vuelve a escribir al Director Supremo argentino:Resuelto a hacer el sacrificio de mi vida, marchaba a volverme a encargar del Ejército Unido, no obstante que el facultativo don Guillermo Colisberri, que también me asistió en mi enfermedad en Tucumán, me asegura que mi existencia no alcanzará a seis meses. Sin embargo, todo arrostraba en el supuesto de que dicho ejército tendría que operar fuera de Chile; pero habiendo variado las circunstancias, ruego a V. E. se sirva aceptarme la renuncia que hago del expresado mando para de este modo dedicarme a la conservación de mi vida, expuesta a su fin si así no lo hago.

1821
En la noche de este día, encontrándose San Martín en el teatro, recibe la noticia de la aproximación del ejército de Canterac: Poniéndose de pie en su palco ?dice el historiador peruano Luis Alayza y Paz Soldán en su obra EL GRAN MARISCAL JOSE DE LA MAR (Lima, 194l)? en un rapto grandioso dirigió la palabra al público en términos llenos de inspiración guerrera. Dijo del peligro en que estábamos de ser atacados, y del placer que le causaba poder medirse al fin con las tropas realistas en un encuentro decisivo.

El efecto de estas palabras ?prosigue Alayza y Paz Soldán? fue mágico. Lima estaba impreg-nada de sentimientos de patriotismo y ardor bélico. La presencia de las esforzadas huestes argentinas había producido un contagio de heroísmo en todo el mundo. Los primeros rayos del sol de la libertad habían despertado las grandes inmanencias del alma peruana, tantos siglos dormidas bajo las cadenas de la esclavitud. Toda la población como un sólo hombre púsose de pie en el arranque guerrero más grande que la Ciudad de los Reyes haya presenciado. Los an-cianos, los niños y las mujeres salieron a las murallas a esperar al enemigo, para oponerle la resistencia alocada del heroísmo.

Los frailes abandonaron los conventos para recorrer las calles con la Cruz en la mano, llaman-do a los ciudadanos al campo del honor. Hasta los esclavos, los negros esclavos, actuando esta vez por propio ímpetu y sin esperar el látigo acostumbrado, ofrecieron su sangre humilde en aras de la libertad del Perú, de esa libertad de la cual nada les tocaba.

1846
Sarmiento escribe a su amigo Antonio Aberastain, desde Parí, diciéndole que ha visita-do en Grand-Bourg al general San Martín: He pasado con él, dice Sarmiento, momentos subli-mes que quedarán para siempre grabados en mi espíritu. Solos un día entero, tocándole con mañas ciertas cuerdas, reminiscencias suscitadas a la ventura, un retrato de Bolívar que veía por acaso. Entonces, animándose la conversación, lo he visto transfigurarse y desaparecer a mi vista el campagnar de Grand-Bourg y presentárseme el general joven, que asoma sobre la cúspide de los Andes, paseando sus miradas inquisitivas sobre el nuevo horizonte abierto a su gloria.

1886
Doña Josefa Balcarce y San Martín de Gutiérrez Estrada escribe al general Mitre, con-testándole una carta de este, y entre otras cosas, le dice: Conforme al deseo que se sirve expresarme en su precitada carta, y así que mi salud, bastante mala últimamente, me lo permitió, fui a París a buscar la fotografía del retrato de mi abuelito hecho en Bruselas, que ciertamente es el mejor de todos y el que mi madre querida prefería por su semejanza, la energía y viveza característica de su mirada, así como por su mérito artístico.

Adjunto va el boleto de expedición de dicha fotografía que he enviado a usted por el vapor PAMPA, salido del Havre el 30 de Agosto.