Autores

A. Villegas

Los San Martin y los Matorras

En la margen derecha del río Uruguay, al extremo sur de la selva subtropical donde los jesuitas desenvolvieran su célebre ensayo de civilización, se alzaba en el último cuarto del siglo XVIII el pueblo de Nuestra Señora de los Reyes Magos de Yapeyú, antigua capital de las Doctrinas, reducida entonces a serlo de uno de los cuatro departamentos en que estaba dividido el extenso territorio.
Ejercía allí la potestad del Rey con ejemplar dedicación un tal don Juan de San Martín y Gómez, soldado de mediana estatura, pelo castaño claro, ojos azules, carácter recio y católica probidad. Nacido, de padres labradores, en Cervatos de la Cueza, villa de León, entró a servir en el ejército como soldado raso cuando tenía dieciocho años; ascendido a sargento, lo sería después de granaderos, para lo cual eran requeridas especiales condiciones personales -robustez, vivacidad, arrojo- y cuando, en 1764, se necesitó organizar las fuerzas defensivas del Río de la Plata, fue hecho teniente, salteando el grado intermedio, y enviado a Buenos Aires con destino al batallón de Voluntarios Españoles, cuerpo en el cual se distinguió como instructor; destacado más tarde a la Banda Oriental, se le confió el mando conjunto de las guardias del Río de las Vacas y el Arroyo de las Víboras, sin dejar el cual debió intervenir en las diligencias de expulsión de los jesuitas, y quedó a cargo de los bienes que éstos poseyeran en la vasta estancia de la Calera de las Vacas. Promovido a ayudante mayor, en 1775 se le designó teniente gobernador de Yapeyú, donde lo hallamos con su familia.
En 1770 había casado con doña Gregoria Matorras, doncella noble natural de la villa palentina de Paredes de Nava, en el antiguo reino de León, quien viniera a América dos años antes con un primo suyo, Jerónimo Matorras, ilustre vecino que iba a glorificar su nombre como gobernador del Tucumán iniciando la conquista del Gran Chaco Hualamba.
En las Vacas vieron la luz los tres primeros hijos de este matrimonio: María Helena, Manuel Tadeo y Juan Fermín Rafael. Otros dos varones -Justo Rufino y José Francisco – nacieron después, durante el gobierno de don Juan en Yapeyú.
Amparándose en la enumeración que la madre hizo en un documento, alguien creyó a María Helena la menor de todos; pero comprobaciones posteriores han demostrado ese orden inexacto en cuanto a esta hermana, cuando era en realidad la primogénita.
También se cuestionó la fecha natal de José Francisco, por desconocimiento de la partida de bautismo que la debía aclarar y estaba, empero, publicada.
Lo cierto es que fue el 25 de febrero de 1778 -día en que Juan Fermín cumplía cuatro años-, y el siguiente recibió los óleos de manos del fraile dominico don Francisco de la Pera, cura de Yapeyú, quien ya había bautizado a María Helena, y probablemente a Justo Rufino.
Los padrinos fueron don Cristóbal de Aguirre, comerciante de Buenos Aires, y Josefa de Matorras, cuyo apellido evidencia el parentesco por la línea materna.
Las subsistentes ruinas de una casa de piedra, espaciosa, de edificación muy distinta de la que era común en Yapeyú aquella época, constituyen otro motivo de interminable discusión.
Quieren algunos - apoyándose en una tradición oral negada por la parte contraria- que en esa casa haya nacido José Francisco; pero otros sostienen que, pues el teniente gobernador moraba en el colegio- edificio que reunía las oficinas, talleres y algunas viviendas personales- el nacimiento debió de producirse en este último (cuya verdadera ubicación tampoco se ha esclarecido).
Si bien don Juan tuvo aquí su habitación -cosa que no era entonces lo mismo que vivienda-, pudo haber instalado esta última en otra casa con comodidades bastantes a la familia, como era la de las ruinas, única - por otra parte- que se menciona particularmente en un inventario coetáneo y cuyo verdadero destino, fuera de ése, cabe en sólo dos posibilidades: cabildo o casa de recogidas (cotiguazú, domus viduarum o casa de misericordia): cabildo, porque el del pueblo de San Nicolás era análogo en su fábrica; casa de recogidas, porque su situación en la planta urbana es similar a la que tenía la del pueblo de Concepción (que,además, era de construcción distinta a la de las viviendas de los naturales).
Nacido el niño en esa casa o en otra, dentro del pueblo o fuera de él, el nombre de Yapeyú tiene en esta biografía limitada trascendencia, pues aquél contaba apenas un año cuando la madre se trasladó a Buenos Aires - probablemente con sus hijos, los menores al menos- a mediados de 1779.
Y así hubiesen regresado, al poco tiempo se despedirían definitivamente de las Misiones, pues don Juan -ya capitán- llamado por el Virrey Vértiz para instruir a los milicianos del Batallón de Voluntarios Españoles, por razón de la guerra declarada a los ingleses, dejó el gobierno en diciembre de 1780, no sin obtener que el cabildo yapeyuano le certificara haber mirado por los indígenas con amor y caridad: pese a algún movimiento subversivo que en ocasión le hicieran los caciques, heridos en sus privilegios por el celo justiciero del teniente.
Su actividad dejó por frutos modestas obras materiales, positivas economías y una población nueva, hoy ciudad de Paysandú, en la margen izquierda del río Uruguay.
Ni aquel medio geográfico ni el espectáculo de los resabios de una organización social ya perimida podían influir en un niño de tres años, de cuya mente a poco iban a borrarse los recuerdos; mayor gravitación en ese sentido cuadraba a la vida en Buenos Aires con más amistades que alternar, y, sobre todo, a los valores hogareños, de profunda moral cristiana, practicada y cultivada con unción.
Eran don Juan y doña Gregoria católicos y devotos. Profesaban la Tercera Orden de Santo Domingo, y aspiraban a entrar en la vida eterna amortajados con el blanco hábito. En ellos, y quizás en la escuela de primeras letras del Convento, a donde debieron de asistir los hijos, ha de buscarse la fuente ética que informó el alma de José Francisco.
Por otra parte, no carecieron de holgura económica y espectabilidad social. Ni don Juan fue el soldado mediocre, obligado a recurrir a las luces de su mujer para desempeñarse en sus destinos políticos, como ha osado afirmar alguno, ni pertenecían a la clase humilde. Basta recordar la tenencia de gobierno en Yapeyú, por más secundaria que se la considere, para advertir lo opuesto.
La calidad de labrador del padre de don Juan no implica baja extracción; siempre fue ese oficio respetable, y no de los reputados viles ni excluyentes de la nobleza natural, que es la hidalguía.
Los Matorras de alguna de cuyas ramas aún viven descendientes en Paredes de Nava- eran tenidos por de "distinguido nacimiento", y respecto de doña Gregoria, especialmente, su futuro esposo, en vísperas de llevarla al altar, hablaba de nobleza y distinguidos méritos de su natural origen.
Ella tenía en Buenos Aires parientes más o menos cercanos y amigos con influencia.
En esta ciudad había vivido desde 1768, cuando llegara acompañando a su primo, hasta 1770, en que salió, recién casada por poder, para reunirse con el marido en la Banda Oriental, y una posterior estadía de tres meses que mediaron entre el relevo de don Juan de la administración de la Calera de las Vacas hasta instalarse en Yapeyú le permitiría templar aquellas relaciones.
Don Jerónimo Matorras, fallecido en 1775, fue un personaje de fuste en Buenos Aires.
Tres veces cabildante, acaudalado como el que más, no le faltó ni la persecución de los poderosos para hacerlo simpático a los ojos del pueblo que le debía positivas mejoras edilicias.
Para remate de su perfil histórico (injustamente olvidado), le tocó ser el último de los conquistadores españoles de este suelo, habiendo iniciado con el peculio propio la dominación del Gran Chaco Hualamba (en que lo halló la muerte), que pactara con el Rey a la manera de los magníficos adelantados del siglo XVI.
Y fue tan notable en Buenos Aires la influencia de esta personalidad, que dondequiera que sentara sus reales (dicho esto, como se verá, sin ninguna figura de retórica), quedaba resonando al par de ellos su apellido: la gran quinta que tuvo en el barrio recio, en la cual laboraban once blancos y veintiún esclavos, daba nombre al arroyo que le servía de linde, el tercero del norte, más conocido por zanjón de Matorras: la calle de Santa Rosa, que estaba al frente de la finca, era llamada de la cancha de Matorras y la de Santo Tomás, que la subseguía hacia el norte, mezclada con el curso del arroyo, después de la cancha de Matorras, y de Matorras se denominaba también la de la Piedad porque en ésta se erguía, en el barrio de la Catedral, la residencia del prócer.
Amplio caserón, el mayor de la cuadra, de 30 metros de frente y con dos aireados patios, estaba ubicado en la acera que mira al sur, entre las calles de la Santísima Trinidad y la de San José, a que los plateros, que la preferían para instalar sus tiendas, proporcionaban carácter singular y pintoresco.
Vivía ahora allí don Juan Bautista de La Sala con su mujer doña Juana Fernández Larrazábal, hijastra de don Jerónimo, y siete vástagos, de los cuales uno, Cándido Francisco José, de diez años a la sazón, ilustraría su nombre en 1807, hecho ya oficial de marina, muriendo en la defensa de Buenos Aires contra los ingleses invasores, y compartía el techo una hija de Matorras, Juana María, a quien la desconsideración de cierto chusco acababa de incluir burlonamente en anónimo pasquín que arrojado, por una ventana, a la tertulia nocturna de don Francisco Antonio de Escalada, conmovió hondamente a la opinión pública de la ciudad obligando al Virrey mismo a tomar cartas en el asunto.
Entre los diecinueve esclavos que constituían la servidumbre, una mulata soltera, de 25 años, llevaba el nombre de Gregoria.
¿Por qué no pensar en cariñoso homenaje a la prima del antiguo amo, del amo cuyo recuerdo se conservó siempre en el hogar, perpetuado aún en la rama afín?
Hacia el oeste lindaba la casa de Andrés Pedregal, un comerciante que tocaba el violín; al este el zapatero Jerónimo Francisco Silverio, y hacia los fondos, las de José Nazar, Gaspar de Santa Coloma y Mariano Zarco, antiguo platero retirado del oficio, que tenía por inquilino al médico Juan Dupont.
Era alcalde de 2º voto don Fermín Javier de Aoíz, que compartía con su mujer doña Rafaela de la Moneda el padrinazgo del tercer hijo de los San Martín Juan Fermín Rafael.
En cambio, hacía dos años había muerto el Obispo de la Torre, gran amigo de don Juan. ¿Pero qué más, si el propio virrey distinguía a este último con su confianza y le tenía dadas repetidas muestras de justiciera deferencia?
No bien llegado a la Capital, el viejo soldado cayó enfermo y se sintió morir. El 23 de febrero de 1781 llamó a su morada al escribano José García de Echaburu y otorgó poder a doña Gregoria para que, advenido el triste caso, testara en nombre de él: que tales eran los principios, la moral, las costumbres y las conciencias en aquellos tiempos, que bastaba la voluntad expuesta de palabra para que se la respetara religiosamente.
En sus breves disposiciones, don Juan designó albaceas, en primer término a su mujer, y en los siguientes a dos antiguos amigos el presbítero don Cipriano Santiago Villota - célebre profesor de latinidad y retórica en el Colegio de San Carlos-, que fuera testigo en su casamiento, y el teniente Francisco Rodríguez, camarada en la Asamblea de Infantería. Más quiso Dios que curara, y antes de tres meses ya había adquirido dos propiedades, a las que llamaría, para distinguirlas entre sí, la casa chica y la casa grande.
En esta última -situada en el barrio de San Juan, calle del mismo nombre, sobre la acera que mira al oeste y a una cuadra de la iglesia epónima, en reconstrucción, que era anexa al convento de Santa Clara, monasterio de monjas capuchinas- se instaló con los suyos; en cuanto a la servidumbre, apenas queda por ahí el nombre del negro José, que buscó su libertad por una fuga, de la que volvió, arrepentido.
El edificio, de una planta, con techo de tejas, era de ladrillo cocido, con dos cuartos a la calle, de ventanas enrejadas; adentro, sobre el primer patio, había una sala que miraba al norte, un dormitorio, recámara, corredor de media agua, cocina y cuarto para los criados.
Hacia el fondo, otro corredor con la "necesaria" y un pozo de balde. Ocupaba un terreno de diecinueve varas y media con cuarenta y siete de fondo.
En frente, calle de por medio, vivía Pascual Martínez, labrador, con su mujer Angela Corro, cuatro negros esclavos, un mercader portugués, Manuel Mora, como inquilino, y las hermanas Damasia y Fructuosa Camaño, que a pesar de haber trascendido los veinticinco todavía se titulaban "güérfanas".
A la derecha, o sea al norte, la sexagenaria Isabel González, con su hermano Jacinto, marido de Luisa Fernández, y reducida compañía; al sur, ocupando la esquina, Juana María Ventura de Rojas, viuda de don Juan Ignacio de la Gacha, con tres hijos y cinco esclavos.
Y en la casa que quedaba a los fondos, gateaba el nieto de doña Juana, primogénito del nuevo matrimonio de su hija Rosalía con don Bernardo de las Heras, que andando el tiempo llegaría a ser uno de los más brillantes tenientes de nuestro José Francisco.
Ahí y no más, una o dos casas de por medio con Las Heras, moraba un buen amigo del señor de San Martín: don Juan Angel de Lazcano, que era el Administrador General de las Misiones.
Dicen que José Francisco asistía a una escuela infantil, donde llamaba la atención -¡hasta de los compañeros!- por su precocidad.
A estar a testimonios asaz posteriores, habrían sido condiscípulos suyos Nicolás Rodríguez Peña y Gregorio Gómez Orquejo, el último de los cuales afirmaba que, aun cuando no lo volviera a oír nombrar, jamás hubiese olvidado lasmuestras de aquella extraordinaria inteligencia.
Puede ser cierto, que restablecida más tarde la amistad de Gómez con San Martín se cultivaron íntimamente y se tuteaban; en cambio, el trato de San Martín con Rodríguez Peña, aunque buenos amigos, era de usted, lo que no se aviene con una camaradería de colegiales. Por otra parte, Rodríguez Peña era nacido en 1775 y Gómez en 1780; ¿no habría demasiada diferencia de edad para ser éstos condiscípulos? Empero, San Martín era indudablemente tanto mayor que Gómez como menor que Peña. ¡Siempre la misma oscuridad!
Coincidiendo con el relevo del virreinato que tras repetidas súplicas Iogró Vértiz en 1783, fue dispuesto el de don Juan, que desempeñaba el empleo de habilitado del Batallón de Voluntarios Españoles, y se embarcó rumbo a España en la fragata Santa Balbina, con otros oficiales también considerados excedentes de los cuadros rioplatenses.
El 25 de marzo de 1784 desembarcaban en Cádiz, para trasladarse en abril o mayo a Madrid, donde durante más de año y medio estuvo clamando don Juan por el ascenso a teniente coronel y un destino en América.
Doña Gregoria, atacada de grave enfermedad, creyó su fin cercano y se preparó a bien morir, no sin antes poner en regla sus obligaciones temporales, extendiendo con su marido recíproco poder para testar. Todo pasó, sin embargo, y a los dos meses ambos extendían otro poder para administrar los bienes heredados por ella en Paredes de Nava.
Al fin don Juan obtuvo por única retribución de sus meritorios servicios el retiro sin ascenso y con agregación, como ayudante supernumerario, a la plaza de Málaga. Allí fue a establecerse con los suyos.