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MITOS Y VERDADES ACERCA DE LOS CRUCES DE LOS ANDES POR EL LIBERTADOR

Mucho se ha hablado y se habla, con escaso conocimiento, de los numerosos cruces de Los Andes por parte del Libertador. Ello quizás, motivado por la insuficien-te profundidad acerca de ese capítulo de nuestra historia, que se desarrolla en la bibliografía no especializada, fundamentalmente en la que se usa para la educación de nuestros hijos.

Es común escuchar, “San Martín cruzó en un caballo blanco”, “lo llevaron en camilla”, “el cruce de Los Andes”.

De todo esto lo que debemos desmentir terminantemente es el cruce en el famoso caballo blanco. El Libertador como el resto de sus fuerzas lo hicieron montados en mula, único animal capaz de desplazarse con relativa seguridad en las sendas a lo largo de los cordones montañosos. La caballada de batalla, casi 1500 animales lo hizo al diestro es decir sin estar montados, y a pesar de ello casi un 60 por ciento no logró sobrevivir.

Todo el resto tiene veracidad histórica comprobada.

Antes de continuar recordemos lo que decía el General San Martín, en junio de 1816, a su mejor amigo, Don Tomás Guido, “lo que no me deja dormir, no es la oposición que puedan hacerme los enemigos, sino el atravesar estos inmensos montes”. Creo que esto demuestra cabalmente las dificultades que este cruce ofrecía.

En total el Libertador cruza Los Andes en OCHO (8) oportunidades.

Normalmente la historia se queda con el primer cruce, dado que es en el que participa la mayor cantidad de personal, material y ganado, además se lo efectúa por SEIS (6) lugares distintos y es el único que cuenta con oposición armada por parte de los españoles.

Este primer cruce comenzó el 17 de enero de 1817, y fue el comienzo del denominado "Plan Continental", cuyo objetivo era asegurar la independencia nacional y dar la libertad a Chile y Perú.

Las diferentes columnas partieron distintos días, teniendo en cuenta las distancias a cubrir y los objetivos de cada una de ellas tras el cruce.

San Martín lo hace desde El Plumerillo el día 24 de enero de 1817.

El dibujo de Pedro Maggi, refleja con extraordinaria fidelidad la marcha del Ejército por el macizo andino.

Este primer cruce podemos decir que finaliza con el triunfo patriota en la Batalla de Chacabuco, el 12 de febrero.

Luego de ingresar a Santiago y del cambio de gobierno, el Gral. San Martín vuelve a Mendoza atravesando por segunda vez el macizo andino el 15 de marzo del mismo año.

Ya llevamos dos cruces en escasos dos meses.

Enterado de la marcha de la campaña que se desarrolla en el sur de Chile y que los realistas se estaban reagrupando, emprende el regreso a Chile cruzando una vez más Los Andes los primeros días de abril de 1817.

Luego de la Batalla de Maipú, librada el 5 de abril de 1818, habiendo sido derrotado definitivamente el ejercito realista, en mayo del mismo año y a fin de de dar continui-dad a la campaña prevista, es decir, llegar por el Pacifico hasta Perú, emprende el cuarto cruce, viajando hasta Buenos Aires, en busca de apoyo económico para iniciar dicha travesía.

Con la promesa del gobierno Buenos Aires de que se conseguiría el dinero necesa-rio y, enterado de la campaña en contra de O’Higgins que se había desatado en Chile, por parte de distintos grupos opositores, emprende su quinto cruce en julio de 1818.

En febrero de 1819 toma conocimiento que distintas Provincias que componían las Provincias Unidas del Río de la Plata, entre ellas Santa Fe y Entre Ríos se habían sublevado contra de Buenos Aires, agravado esto con el amotinamiento de algunas unidades que integraban el Ejercito de los Andes, que se encontraban acantonadas en San Luis.

A raíz de ello en marzo de 1819, decide nuevamente cruzar la Cordillera para instalarse en Mendoza. Ello constituye su sexto cruce.

Allí decidió no participar con sus fuerzas en el enfrentamiento interno y además, imponer nuevamente la disciplina entre las tropas amotinadas en San Luis.

Luego de normalizar la situación de las tropas en San Luis, regresa a Mendoza donde cae gravemente enfermo.

Llegado a este punto, creo que es importante transcribir algunos párrafos de la autobiografía, del general Rudecindo Alvarado, quien comenzara la campaña como jefe del Batallón 1 de Cazadores,“...recibí un exprofeso del general con una carta cuyo contenido era reducido a decirme que se agravaba su enfermedad. Mi pronta presencia en Mendoza se hacía necesaria...” “Encontré en Mendoza al general San Martín tan agravado en sus dolencias, que desesperé de su conservación y juzgué necesaria su inmediata traslación a Chile.” “...llamé al sargento mayor de artillería y comandante del parque para encargarle la construcción de una camilla tan cómoda como fuera posible, previniéndole el secreto, que sin duda adivinó, por la prontitud con que ejecutó mi encargo.”

“Preparado todo, incluso sesenta hombres que debían cargar en sus hombros la camilla, invité al coronel Necochea a que me acompañara para persuadir al general.” “...a aceptar el obsequio que le llevaba para salvar su interesante vida...” “...conseguimos al fin aceptara su marcha, no sin expresarnos que cedía a la persuasión de sus amigos y no a sus convicciones. La marcha a Chile se hizo inmediatamente del modo preparado.”

Así, es como en enero de 1820, comenzó su séptima travesía por las altas cumbres andinas, cruzándolas acostado en una litera (especie de camilla) y llevado en andas por seis baqueanos.

Aquí confirmamos la verdad de la afirmación de que El Libertador cruzó Los Andes en camilla. El dibujo anexo del autor Fidel Roig Matons, grafica muy bien esta situación.

Concretado el renunciamiento histórico de Guayaquil, habiendo cedido al pueblo peruano su propio gobierno y decidido a apartarse de la escena pública ya que había cumplido sus objetivos, emprende en enero de 1823 su octavo y ultimo cruce de los imponentes Andes.

Quizás nada mejor para recordar ese momento histórico que el relato de quien fuera su cadete en el glorioso Regimiento de Granaderos a Caballo, el entonces capitán Don Manuel Olázabal quien enterado de su regreso a la Patria, se adelanta a recibirlo. ….”Cabalgaba una hermosa mula zaina, con silla de las llamadas húngaras y encima un pellón y los estribos liados con paño azul por el frío del metal. Un riquísimo guarapón, sombrero de ala grande, de paja de Guayaquil cubría aquella hermosa cabeza en que había germinado la libertad de un mundo y que con atrevido vuelo había trazado sus notables campañas y victorias. El chamal, poncho chileno, cubría aquel cuerpo de granito endurecido en el vivac desde sus primeros años. Vestía un chaquetón y pantalón de paño azul, zapatones y polainas y guantes amarillos.”

“Cuando se acercó me precipité hacia él y lo abracé por la cintura deslizándose de sus ojos abundantes lágrimas. El general me tendió el brazo izquierdo sobre la cabeza y lleno de emoción sólo pudo decirme: ¡Hijo!”