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Enrique Mario Mayochi

Soldado de una monarquía en crisis.

En 1783, don Juan de San Martín, su esposa Gregoria Matorras y los cinco hijos de ambos partieron de América rumbo a España, donde aquél debía agregarse al estado mayor de la plaza de Málaga. Ya todos en la Península y corrido un lustro, el hijo menor, José Francisco, como cadete del regimiento de Murcia se incorpora el 21 de julio de 1789 al ejército real, en el que presta servicios hasta el 4 de septiembre de 1811 y del que se retira con el grado de teniente coronel de caballería.
Durante veintidós años y medio, como bien lo señala José Luis Busaniche, sus servicios castrenses a la monarquía estarán condicionados por la política que la ramaespañola de los Borbones practica en los últimos años del siglo XVIII y en los primeros del XIX.
Adolescente de apenas quince años, en 1791 interviene en el sitio de la africana Orán; entre 1793 y 1795, ya graduado de subteniente, participa en la guerra mantenida por Carlos IV contra el gobierno revolucionario de Francia; 1797 y 1798, ya teniente, los pasa luchando a bordo de buques españoles contra la flota británica del Mediterráneo; en 1801, sirve en la guerra contra Portugal, en "la Guerra de las Naranjas", y a partir de 1808, como capitán primero y como teniente coronel después, combate con denuedo y fama contra los ejércitos napoleónicos invasores.
 Sin exageración, podrá decir, en carta dirigida a Bernardo O'Higgins el 20 de agosto de 1822: "... mi juventud fue sacrificada al servicio de los españoles".
A nuestro San Martín le toca luchar por las banderas de una monarquía decadente, por una monarquía que, ya sea desempeñada por Carlos IV, ya por Fernando VII, en nada recuerda, si de la espada se trata, al Carlos de Habsburgo vencedor en Mulhberg, y si de la política se habla, al católico Fernando V de Aragón. Los dos Borbones, padre e hijo, serán los tristes protagonistas de la farsa de Bayona.
Mientras tanto, Napoleón Bonaparte practica el juego de monarcasde recambio: un primer ofrecimiento a José, rey de Nápoles; después un intentode reconciliación con Luciano; en tercera maniobra, dirá a Luis: "He resuelto poner un príncipe francés en el trono de España.
El clima de Holanda no te sienta bien". Finalmente, escribirá a Murat: "He destinado al rey de Nápoles a reinar en Madrid". Y el 11 de junio de 1808, en el anuncio de su advenimiento hecho al consejo de Castilla, se le darán todos los títulos de los reyes de España: "Don José, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra..." Títulos que, por considerarlos excesivos, el César redujo a "rey de España y de las Indias". Aquello que el pueblo decía del Cid, "¡Ay, Dios, qué buen vasallo si hubiera buen señor!", bien podría haber sido aplicado a este joven militar americano entregado al servicio de una monarquía tan inepta en lo político como carente de sentido nacional.

LOS SIGNOS DE LA HISTORIA

Jamás serán entendidos ni el proceso de la independencia de las provincias americanas integradas en la monarquía española, como heredera ésta de la de Castilla en cuanto hace al Nuevo Mundo, ni la decisión sanmartiniana de retornar al solar nativo si no se inserta a ambos hechos, diferentes pero relacionados entre sí, en su contexto, o sea en la crisis de la monarquía hispánica, y si no se los vincula con la problemática de una Europa que vive esa etapa capital de su historia que va de la iniciación de la Revolución Francesa hasta el definitivo derrumbe del imperio napoleónico.
San Martín, en la medida propia de su edad y de su ubicación en el cuadro de oficiales del ejército español, vivirá el proceso día por día y participará en él, si no con la actitud propia del protagonista, seguramente sí con la del analista de inteligencia despejada y juicio prudente. Y si se nos permite incursionar por el campo de la conjetura legítima, no creemos aventurado afirmar que para la maduración de su pensamiento político tienen que haber sido decisivos esos años que mediaron entre la conclusión de "la Guerra de las Naranjas" y el comienzo de la lucha contra el invasor francés.
Aunque siempre entregado a la faena militar, en ese lapso para él casi constantemente signado por la vida cuartelera, debe haber tenido grandes posibilidades para reflexionar sobre cuanto estaba ocurriendo en la arena política y extraer sus conclusiones personales.
La historia universal nos demuestra con vívidos ejemplos cómo son fundamentales para los grandes hombres los años oscuros de su existencia, esos períodos en que, so capa de lo rutinario, se está cumpliendo en lo íntimo la gran forja de la personalidad definitiva y está madurando el pensamiento profundo. San Martín es observador, es testigo, en estos años en que si por una parte toda Europa se ve comprometida en la gran aventura de la restauración del cesarismo, por otra las Españas -la del Viejo Mundo y la del Nuevo Mundo- ven corroerse por dentro a su secular estructura monárquica.
Desde 1789, Europa está viviendo un tremendo proceso revolucionario que tiene su epicentro en Francia.
Es aquí donde se enfrentarán dos tendencias bien definidas respecto de la metodología con que debe desarrollarse ese proceso: la jacobina y la, corrido el tiempo, denominada girondina. Los partidarios de aquélla creen en la posibilidad de revolucionar a Francia sin que esto deba necesariamente relacionarse con el resto de Europa; parecen creer que las fronteras naturales les darán la seguridad que buscó Shih Huang-ti para China con la Gran Muralla.
Los seguidores de Brissot -los girondinos-, por entender que las ideas tienen valor universal, sostienen que la Revolución se realiza en todas partes o en ninguna; para que se desarrolle será supuesto necesario la propaganda revolucionaria.
El tiempo dará la razón a éstos y Bonaparte, el Bonaparte de los primeros tiempos, el republicano, encarnará el pensamiento girondino con su primera campaña a Italia.
En las vísperas de la expedición a Egipto, dice a su hermano José: "El sistema de Francia debe llegar a ser el de Europa, si ha de durar"; y ya primer cónsul, afirma ante el Consejo de Estado: "Es preciso que la forma de los gobiernos que nos rodean se aproxime a la nuestra...Hay un espíritu de guerra entre las viejas monarquías y una república completamente nueva. He aquí la razón de las discordias europeas. .." Mas este Napoleón, que junto con la guerra lleva por buena parte de Europa "los grandes principios" de 1789 -la igualdad ante la ley, la posibilidad para todos de acceder a todas las funciones, la abolición del régimen feudal y de cuanto éste implicaba- , pronto será reemplazado por ese otro Napoleón que, ya coronado emperador, no se siente en derecho sucesor de reyes, sino de Carlomagno, y que tiene por proyecto más caro hacer de París la capital del mundo y la residencia del Soberano Pontífice.
El proyecto, obviamente, demandaba reordenar a Europa "bajo un solo jefe, bajo un Emperador que tuviese por oficiales a los reyes, que distribuyese reinos a sus lugartenientes, que hiciese a uno rey de Italia, a otro de Baviera, a éste landamman de Suiza, a aquél estatúder de Holanda, todos con cargos en la casa imperial.
La dinastía de los Bonaparte ocupará los tronos europeos quedando todos sus miembros subordinados al Emperador". "Al coronarlos –reconocerá Napoleón en Santa Elena- yo no los consideraba en mi pensamiento más que virreyes, agentes de mi política, que yo volvería a llamar a las filas francesas, según la exigencia de la paz general o de la reorganización del imperio europeo".
Mientras el edificio imperial se va construyendo, la monarquía española es vista como una aliada casi natural y a la vez necesaria. "En esas relaciones –afirma el historiador español Jesús Pabón, a quien seguimos en esta parte de nuestro trabajo-, América es, para el Primer Cónsul, un tesoro que hará de España una aliada rica para una Francia conquistadora y devoradora de riquezas. Para España, la Francia, ordenada por el Consulado y militarmente poderosa, será, fundamentalmente, una aliada que le ayudará a detener en América las ambiciones de Gran Bretaña y la expansión de los Estados Unidos".
Más todo permite suponer que en lo más recóndito del esquema napoleónico, España -y con ella América- es una aliada circunstancial; en definitiva, lo hispánico deberá integrarse en el Imperio.
Seguramente es sobre la base de su plan que no se opone al pedido de Manuel Godoy de que, por el Tratado de Fontainebleau, el rey de España tome el título de Emperador con respecto de América. La anexión de España sería una decisión anidada en su espíritu ya en la primavera de 1805. Y todo encaja perfectamente en una frase que se le atribuye: "Antes de diez años, mi dinastía será la más antigua de Europa".
Aunque siga habiendo Pirineos, ni de uno ni de otro lado habrá Borbones.
Pero cuando se consume la incorporación de España al Imperio, esa incorporación - total o a medias, pero incorporación al fin en lo oficial-, a la vez que romperá ese orbe propio formado por la Península y por Hispanoamérica, según la feliz denominación creada por Ricardo Levene, determinará para la España europea la pérdida de su independencia y para la América española, no sólo el riesgo de ver perecer la vida propia,sino el desdén por una dinastía que, si en lo interno provocaba desde tiempo atrás el desquicio administrativo, en lo internacional se había mostrado ayuna de grandeza.
En Hispanoamérica se tenía clara noción de cuanto estaba ocurriendo. Así, tras llegar a Buenos Aires el 23 de agosto de 1808 el brigadier José Manuel Goyeneche con mensajes de la Junta Central de Sevilla respecto de su establecimiento y con el pedido de que se reconociera su autoridad, así como de una solicitud de ayuda financiera para luchar contra el invasor francés, el Cabildo de Buenos Aires dará una proclama en la que, respecto de la guerra que se libra por la España metropolitana, expresa: "... para sostenerla nos pide auxilios, no de gente ni de armas porque los tiene; sí de numerario, porque carece de él a causa de las vejaciones y estafas que ha experimentado por espacio de diez y ocho años, regida y gobernada a voluntad de otro tirano".
Como bien señala el historiador Roberto Marfany, para el mundo hispánico hay en estos momentos dos tiranos: uno en el interior, Manuel Godoy; otro, el invasor, Napoleón. El capítulo de cargos contra la dinastía de Borbón, personalizándolo en su valido Godoy, es tremendo.
El 13 de septiembre de 1808 dirá el Cabildo de Buenos Aires en un informe a la Junta Central: "La corrupción de los ramos todos del Gobierno ha llegado a su último término. La prostitución se ha hecho tan escandalosa como insoportable. En la administración de justicia se procede sin sujeción a las leyes: la policía no reconoce reglas; la Real Hacienda se maneja sin economía y con criminal indolencia; la milicia no se rige por su Ordenanza y nada dista más que de observarla y cumplirla.
Todo es un trastorno en esta parte de la Dominación española y un desorden que lleva tras sí la ruina de la América del Sur. Sea la distancia que nos separa, sea el asilo o protección que ha dispensado ese mal hombre árbitro de la Monarquía, la América en muchos años ha tenido que sufrir jefes corrompidos y déspotas, ministros ignorantes y prostituidos, militares ineptos y cobardes.
La conveniencia propia ha sido el norte y guía de sus operaciones. El bien del Estado y la felicidad de la Nación se ha mirado como quimeras y sólo se ha hecho uso de estas voces sagradas para encubrir la maldad, fomentar la estafa y sacrificar los pueblos".
Desde ese magnífico puesto de mira que en tiempos de paz es para un militar el cuartel, San Martín ha seguramente abarcado en toda su dimensión la crisis política de la dinastía borbónica. Y hasta él han llegado desde Buenos Aires las noticias del triunfo sobre el invasor inglés tanto en 1806 como en 1807, prueba cierta a la vez que del coraje criollo, de la aptitud del pueblo rioplatense para enfrentar por sí solo y con posibilidad de éxito tanto la contingencia del ataque inesperado como la embestida franca y formidable.
Con la invasión francesa todo cambia súbitamente en España: del cuartel se pasa al campamento y en cada tienda de éste funciona una logia castrense.
Los Combates y las batallas se suceden con suerte varia; ínterin se está en permanente estado de deliberación.
Como militar, San Martín participa desde el primer momento en la lucha contra el invasor.
Así, actúa en el ejército de Andalucía junto al general Castaños, y si el combate de Arjonilla le permitirá distinguirse por su coraje, la casi inmediata batalla de Bailén le deparará una medalla y el ascenso a teniente coronel. Pero como Napoleón está todavía en situación de no aceptar derrotas, no deja correr mucho tiempo hasta lanzarse sobre España con un ejército de 300.000 hombres.
Mientras José I se afianza en el trono, lo logrado por los españoles en Bailén se va perdiendo en Burgos, en Tudela, en Espinosa y en la gran derrota de Ocaña.
La Junta Central ha desaparecido; el Consejo de Regencia que la sucede no inspira confianza y unas improvisadas Cortes se reunirán en una porción del territorio no ocupada por los franceses, pero ya sitiada.
No hay margen de maniobra para los ejércitos regulares y sólo pueden actuar los guerrilleros españoles.

LA HORA DE LA DECISIÓN

"Treinta y tres años tenía San Martín - dice Samuel W. Medrano- a mediados de 1811, después de la batalla de la Albuera, y más de veinte de continuada milicia, tres de los cuales en una guerra que no fue solamente combatir con las legiones del capitán del siglo, sino también obligada actuación en el centro de aquella conmoción social provocada por un levantamiento sin precedentes, en que todo un pueblo acompañaba a las tropas regulares en la lucha "por la causa",como él mismo decía; y que alcanzaba en el orden interno, cada vez con dimensiones más agudas y multiformes, la extrema gravedad de una crisis política y religiosa"
Ciertamente, la crisis era total. Si de la dinastía se trataba, nadie en lo íntimo de sus corazones osaba hacer la menor defensa del rey Carlos ni de Fernando VII, el monarca que parecía estar más complacido por ser prisionero en Valencia que apenado por la situación de las Españas.
En cuanto al gobierno del territorio metropolitano aún libre, los estados críticos se sucedían cada vez con mayor agudeza: la Junta Central de Sevilla, en la que predominaba el bando constitucionalista, había sido sustituida el 29 de enero de 1811 por una Regencia que pretendía asumir como aquélla, y con tan poco derecho como aquélla, larepresentación del rey prisionero. Y si por una parte los dirigentes naturales del pueblo se dividían en liberales y absolutistas, por otra todo era cuestionado; si la última institución del régimen antiguo, el Consejo de España e Indias, había tachado de ilegítima y usurpadora a la Junta Central, ahora pretendía dominar a la Regencia la Junta Provincial de Cádiz; y cuando esa Regencia convocaba a las Cortes y les juraba obediencia, el diputado mexicano Ladrillaba sostenía que el acatamiento había sido hecho ante la presión del ejército y del pueblo.
En pleno funcionamiento de las Cortes – constituidas cuando ya se habían producido los pronunciamientos de Caracas, Buenos Aires y Santiago-, pronto se vio cómo todo era puesto en tela de juicio, afirmándose rotundamente cuanto hasta ayer se negaba y negándose cuanto hasta ayer se afirmaba. "De un régimen en que las Cortes como dice el historiador español Fernando Soldevilla- no era nada y la persona del rey lo era todo, se había pasado a un régimen en el que la realeza había sido despojada de la soberanía. Hasta el título de majestad fue empleado por las Cortes".
El panorama político era por demás confuso y el futuro no permitía alentar muchas esperanzas.
Día por día hacíase cada vez más evidente que, en caso de recuperarse la independencia nacional, no sería probable que se volviese al antiguo régimen político y que con él retornaran instituciones tenidas por obsoletas.
Expulsado el invasor y restablecida la paz interna, ¿ésta se conseguiría sobre la base del acuerdo fecundo entre las fracciones o mediante el triunfo total de un sector sobre otro? Además, ¿resultaba aceptable que sin más ni más volviese a ocupar el trono una dinastía que tan poco digna se había mostrado? Y. finalmente, quedaba subsistente el problema político que significaba el futuro de una América libre todavía del imperialismo napoleónico pero harta de soportar desdenes y abusos por parte de los máximos gobernantes residentes en la metrópoli.
Todas estas incógnitas se habrán planteado seguramente en la conciencia de San Martín. El tiempo urgía para que optase y las alternativas no eran muchas. "Para él -dice Margaret H. Harrison- resultaba evidente que España, con Napoleón o Fernando, carecía de futuro. En cualquier caso, el país se hallaría bajo las garras de la tiranía.
Salvar a las jóvenes naciones de América de este destino sin esperanza, hacerlas independientes y capaces de labrar su propia grandeza, fue la tarea casi sobrehumana que lo atrajo irresistiblemente.
Se convirtió en él en una vocación religiosa, en una idea fija.
Ya había pagado su deuda con España, y los honores que ella le otorgara carecían de sentido para él".
Para el futuro del Libertador, la hora de la decisión había llegado y urgido por el "serás lo que debes ser o no serás nada", eligió un camino que fue consecuencia natural de la lealtad que siempre había tenido para consigo mismo.
Años después, en julio de 1820, al despedirse de los habitantes del Río de la Plata con motivo de iniciarse desde Chile la expedición al Perú, evocaría ese momento crucial de su existencia con palabras tan sencillas como expresivas: "Yo servía en el ejército español en 1811. Veinte años de honrados servicios me habían atraído alguna consideración sin embargo de ser americano. Supe la revolución de mi país, y al abandonar mi fortuna y mis esperanzas sólo sentía no tener más que sacrificar al deseo de contribuir a su libertad".
Juzgando con gran lucidez ese momento de la vida del héroe, con verdad dice José Luis Busaniche: "Es común presentar a San Martín en actitud equívoca, abandonando la causa victoriosa de España después de veinte años de servicios para unirse a los revolucionarios de América. Esto lo dicen generalmente quienes se sienten inclinados en historia a profetizar lo pasado... y el coro repite.
Sin embargo, por poco que se examine la situación de la Península en 1810 y 1811, caemos en la cuenta de que en 1811 la causa de España se halla perdida. Lo único que había conseguido Wellington era expulsar a los franceses de Portugal. ¡Y habían sido tantas las alternativas de la guerra! Bien podría ser expulsado él de Portugal, en el año siguiente... No era posible adivinar lo que ocurriría en 1812... Nadie podía estar al cabo en España de que Napoleón pensaba invadir a Rusia y mucho menos que fracasaría en esa campaña".
Puesta la decisión sanmartiniana, como antes se dijo, en su contexto -o sea en medio de la crisis de la monarquía hispánica- y vinculada con la problemática de una Europa de signo cesarista, se muestra como asentada sobre una lógica irrebatible.
Su decisión, la decisión de un americano residente en España fue tan cuerda y tan dotada de sentido prospectivo como la tomada por los pueblos hispanoamericanos, algunos ya pronunciados al promediar 1811 y otros por hacerlo en el tiempo próximo.
El hombre americano -el americano José de San Martín que prestaba servicio militar en España; el americano Manuel Belgrano (elijámoslo a él como modelo para encarnar una situación) que vivía en su tierra nativa- optó inteligentemente en la emergencia histórica que le tocó sortear.
Su decisión hará posible para América una Independencia que dará su razón definitiva al Descubrimiento, así como las naciones surgidas por obra de aquélla se constituirán a la postre en la máxima justificación de esa gesta impar que hizo la cristiandad hispana por obra de la Conquista y de la llamada comúnmente Colonización.
La opción formulada por el hombre americano inevitablemente acrecentaría la tragedia del español europeo residente en el Nuevo Mundo. Su tierra nativa había perdido la libertad a manos de Napoleón y ahora América iniciaba el proceso independentista y con él, su separación política de España.
Bajo sus pies sentía conmoverse hasta desaparecer esa tierra repartida en dos continentes y que consideraba propia.
Más paradojal se presentaría la realidad para el nativo de España que, mientras luchaba en su amada patria por la recuperación de una independencia nacional que juzgaba como un derecho inalienable se negaba tozudamente a reconocer que esa independencia era también un derecho natural para el hombre americano.
Dispuesto a enfrentar a uno .y a otro, y hechos a la luz del día los trámites pertinentes, en septiembre de 1811 dejaba José de San Martín para siempre la tierra de sus padres.
Se dirigía a América, haciendo escala en Londres, "a fin de presentarle nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había de empeñar", según su decir contenido en la carta al general Castilla antes mencionada.
A impulsos de un decidido espíritu americanista comenzaba, pues, la epopeya sanmartiniana.