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José Luis Busaniche. Relatos de Contemporáneos compilados

El Banquero Aguado

En 1831 el general se trasladó a París donde fijó residencia con su hija, en las afueras de la ciudad. Vivía pobremente y muy quebrantado de salud, cuando encontró al banquero Alejandro Aguado, antiguo camarada suyo en la guerra peninsular. Sarmiento ha narrado el episodio con alguna dosis de fantasía, manteniéndose verídico en lo esencial.
"Durante la famosa guerra de la Península, que tan honda brecha abrió al poder, hasta entonces incontrastable de Napoleón, la juventud española, desprovista de otro teatro de acción para desarrollar las dotes del espíritu o la energía del carácter, acudía presurosa a los campamentos improvisados por la exaltación guerrera del pueblo y probaba a cada momento cuánta savia corre aún por las venas de aquella nación cuyo vuelo han contenido instituciones envejecidas.
La cordialidad fraternal que une fácilmente a hombres que tienen que partir entre sí iguales peligros y esperanzas, aumentábala el entusiasmo que exaltaba las pasiones generosas, haciéndola más expansiva la genial franqueza del carácter castellano.
Entre aquella juventud bulliciosa, ardiente y emprendedora, tan dispuesta a una serenata como a un asalto, tan lista para escalar un balcón como una fortaleza, partían habitación y rancho dos oficiales en la flor de la edad y llegados a los grados militares que son como la puerta que conduce al campo de los sueños de ambición.
Era uno el capitán Aguado, llamaban al otro el mayor San Martín. "Las vicisitudes de las campañas separaron los cuerpos en que servían los amigos; terminóse la guerra; el tiempo puso entre ambos su denso velo; transcurrieron los años y no se volvieron a encontrar más en el camino de la vida.
Quince años después, empero, hablábase delante de Aguado de los famosos hechos de armas en América del general rebelde San Martín: Es curioso, decía Aguado, yo he tenido un amigo americano de ese apellido, que militó en España. San Martín oyó nombrar al banquero español Aguado: ¿Aguado?, decía a su vez. He conocido a un Aguado, pero hay tantos Aguados en España...
"San Martín llegó a París en 1824 y mientras hacía una mañana su sencillo y rígido tocado, introdúcese en su habitación un extraño que lo mira, lo examina, y exclama, aún dudoso: -¡San Martín! - ¡Aguado! "le responde el huésped y antes de cerciorarse, estaba ya estrechado entre los brazos de su antiguo compañero de rancho, amoríos y francachelas - ¡Y bien! almorzaremos juntos... - Eso me toca a mí, respondió Aguado, que dejó en un restaurant pedido el almuerzo para ambos.
"Dirigiéronse luego de la Rue Nueve Saint- George hacia el Boulevard, y, andando sin sentir y conversando, llegaron, en la plaza Vendome, a la puerta de un soberbio hotel, en cuyas gradas, lacayos con libreas tenían en bandejas de plata la correspondencia para presentarla al amo que llegaba. San Martín se detuvo en el primer tramo, y, mirando con sorpresa a su amigo: - ¡Pues qué! le dijo, ¿eres tú el banquero Aguado? - Hombre, cuando uno no alcanza a ser el libertador de medio mundo, me parece que se le puede perdonar el ser banquero. "Y riendo de la ocurrencia, y echándole Aguado un brazo para compelerlo a subir, llegaron ambos a los salones casi regios, en cuyos muchos cojines aguardaba la señora de la casa.
"Desde entonces, San Martín y Aguado, el guerrero desencantado y el banquero opulento, se propusieron vivir y tratarse como en aquella época feliz de la vida en que ningún sinsabor amarga la existencia.
Establecióse San Martín en Grand-Bourg, no lejos de París, y a sólo algunas cuadras de distancia del Chateaux- Aguado, mediando entre ambas heredades el Sena, sobre el cual echó el favorito de la fortuna un puente colgado de hierro, don hecho a la comuna, servicio al público, comodidad puramente doméstica para el, y facilidad ofrecida al trato frecuente de los dos amigos.
Por algunos años, los paisanos sencillos del lugar vieron, sobre el Puente Aguado, en las tardes apacibles del otoño, apoyados sobre la baranda y esparciendo sus miradas distraídas por el delicioso panorama adyacente, aquel grupo de dos viejos extranjeros, el uno célebre por aquella celebridad lejana y misteriosa que ha dejado lejos de allí hondas huellas en la historia de muchas naciones, el otro conocido en toda la comarca por el don inestimable con que la había favorecido.
Murió Aguado en los brazos de su amigo y dejó encargada a la pureza y rigidez de su conciencia la guarda y distribución de sus cuantiosos bienes." D. F. Sarmiento EL HOGAR DE GRAND BOURG - MAYO DE 1838
Lo que no dice Sarmiento es que Aguado salvó a San Martín de una difícil situación, según escribió este último a un amigo de América: "Aguado, el más rico propietario de Francia..., sirvió conmigo en el mismo regimiento en España y le soy deudor de no haber muerto en un hospital, de resultas de una larga enfermedad".
San Martín contaba para vivir con una pensión del gobierno del Perú que se le pagaba tarde y en valores depreciados. También con el alquiler de una casa de su hija, en Buenos Aires. Cualquier imprevisto, causábale serios trastornos en la vida de aislamiento que llevaba. Por esos días, su hija Mercedes casó, muy joven, con Mariano Balcarce, agregado a la legación argentina.
En 1834, el banquero Aguado, facilitó la compra de la casa de Grand Bourg, a que se refiere Sarmiento, y allí se retiró San Martín en condición más holgada. El matrimonio Balcarce partió para Buenos Aires y estuvo ausente más de dos años, pero volvió después a Francia para habitar la casa de Grand Bourg. En 1838, Mercedes tenía dos hijas pequeñas. Florencio Balcarce, el poeta, hermano de Mariano, que se hallaba ese año en París, describe así, en carta íntima, la vida de la familia.
"Tengo el placer de ver la familia un día sí y otro no. Iría todas las semanas si los buques de vapor estuvieran del todo establecidos. El general (San Martín) goza a más no poder de esa vida solitaria y tranquila que tanto ambiciona. Un día lo encuentro haciendo las veces de armero y limpiando las pistolas y escopetas que tiene, otro día es carpintero y siempre pasa así sus ratos en ocupaciones que lo distraen de otros pensamientos y lo hacen gozar de buena salud.
Mercedes se pasa la vida lidiando con las dos chiquitas que están cada vez más traviesas. Pepa, sobre todo, anda por todas partes levantando una pierna para hacer lo que llama volatín; todavía no habla más que algunas palabras sueltas; pero entiende muy bien el español y el francés. Merceditas está en la grande empresa de volver a aprender el a b c que tenía olvidado; pero el general siempre repite la observación de que no la ha visto un segundo quieta." Florencio Balcarce"