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José Luis Busaniche. Relatos de Contemporáneos compilados

El Ejército del Norte

A poco de triunfar San Martín en San Lorenzo, el ejército del Norte, al mando de Belgrano, obtuvo la victoria de Salta (20 de febrero de 1813) pero fue derrotado sucesivamente ese mismo año en Vilcapugio y Ayohuma.
El Gobierno de Buenos Aires acordó a San Martín, en 1813, el grado de coronel mayor, y le nombró General en jefe de aquel ejército que venía disperso del Alto Perú.
 En enero de 1814, asumió San Martín el mando de la fuerza que calificó como "tristes fragmentos de un ejército derrotado".
Poco tiempo, tres meses, pasó en Tucumán. Desde allí escribió a Rodríguez Peña: "La Patria no hará otro camino por este lado del Norte que una guerra defensiva. Un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza para pasar a Chile etc."
Pensaba ya en la expedición al Perú. El oficial Gregorio Aráoz de La Madrid, después general, le conoció en aquellas circunstancias y ha dejado estos recuerdos en sus Observaciones sobre las Memorias póstumas del general José M. Paz.
"Al siguiente día o a los dos, después de haber despachado el General Belgrano a Gómez desde Jujuy, me mandó a Tucumán con un pliego para el General San Martín que venía ya a relevarlo, y con la orden de levantar un escuadrón de hombres voluntarios que yo solo mandaría y que serviría para escolta del general.
"En dos días me puse en Tucumán, y habiendo el gobernador despachado el pliego para el Sr. San Martín a Santiago del Estero, pasé yo al siguiente día a la campaña, a reunir los voluntarios, y a los cuatro o cinco días estuve de regreso con ciento y pico de jóvenes desde la edad de 18 a la de 25 años, que se me presentaron gustosos con la seguridad que les había yo dado de que eran para servir en la escolta del general y bajo mis órdenes.
"A mi regreso, encontré ya al Sr. San Martín con los granaderos, reconocido ya como general en jefe, y al coronel de dragones D. Diego Balcarce encargado del Estado Mayor y que habían llegado ya algunos cuerpos de nuestro ejército, y el general Belgrano llegó a los dos o tres días después, pero no recuerdo hoy la fecha.
"Al siguiente día de mi llegada con los voluntarios, se me dio a reconocer por edecán o ayudante de campo del Sr. general San Martín, y se previno además que todos los cuerpos del ejército presentarían para las dos de la tarde, un número de hombres de cada uno en la calle de la Merced, para que el Sr. San Martín entresacara de ellos los hombres que le parecieran para aumentar el cuerpo de granaderos; y como a mí se me ordenase también que presentara 25 hombres de mis voluntarios, sin embargo de que no era todavía un cuerpo del ejército, y del destino para que los había reunido, fui a ver al Sr. Balcarce y hacerle esto presente, alegándole que la orden general hablaba sólo de los cuerpos del ejército.
Habiéndome el coronel contestado que no había remedio y que era preciso llevar los hombres que me habían pedido, pasé a ver al Sr. San Martín y hacerle presente eso mismo, pues tenía el convencimiento de que iban a perder esos hombres dejándome a mí por un embustero para otra vez que se ofreciera; mas, apenas me presenté al general, sacó éste el reloj y me dijo: -Han pasado ya dos minutos y ha debido ya estar en la formación con los hombres que le han pedido.
"Di vuelta, saludando al general, y fui de carrera al cuartel y saqué los primeros 25 hombres que encontré, pues no había uno de desecho entre todos. No sucedió lo mismo en los demás cuerpos, pues los jefes escogieron los peores y los más viejos.
Presentóse el Sr. San Martín, paseando la vista de derecha a izquierda y entresacando algunos de cada piquete y dejando los más; pero apenas llegó a los míos y les echó una ojeada, los mandó a todos marchar de frente y los mandó a granaderos con los pocos que había apartado de los otros cuerpos.
"El teniente, entonces, D. Felipe Heredia, estaba a cargo de mis voluntarios, pues lo había yo escogido para el cuerpo, cuando a la hora de la lista de la tarde llega a casa del general San Martín, a avisarme que han ordenado que todos mis voluntarios sean incorporados a granaderos y dragones, apartando sólo veinte hombres para artilleros.
Me disgustó en extremo dicha medida y entré a la habitación del general y le hice presente que iban a perder todos esos hombres porque me habían seguido voluntariamente en el concepto de que iban a servir bajo mis órdenes en la escolta del Sr. General. - ¿Y se queja usted por eso Sr. La Madrid? díjome el general, agregando: -¿cree usted que estando a mi lado le faltará a usted ocupación o dejaré de atenderlo? Deje usted que dispongan de esos hombres y no le dé a usted cuidado.
"Tuve que callar y se destinaron todos mis voluntarios a los cuerpos ya dichos, pero no amanecieron 20 en los tres cuerpos.
Luego que llegó el Sr. General Belgrano y los restos de los cuerpos que habían quedado a retaguardia, fue nombrado mayor general del ejército el coronel Mayor D. Francisco Fernández de la Cruz, que se hallaba de gobernador en Tucumán, y se dio la orden para que asistieran todos los jefes de los cuerpos a casa del Sr. general en jefe, a la oración, todos los días, para uniformar las voces de mando.
El general Belgrano había quedado a la cabecera del 1º, como jefe de él, sin embargo de ser un brigadier general, y era también uno de los que concurrían.
"Colocados todos los jefes por antigüedad, daba el Sr. San Martín la voz de mando y la repetían en el mismo tono los demás; no recuerdo si en la segunda reunión, al repetir el general Belgrano, que era el 1º, la voz que había dado el Sr. San Martín, largó la risa el coronel Dorrego. El general San Martín, que lo advirtió, díjole con fuerza y sequedad:
" ¡Sr. coronel, hemos venido aquí a uniformar las voces de mando! Dio nuevamente la voz, y riéndose nuevamente Dorrego al repetirla el general Belgrano, el Sr. San Martín, empuñando un candelabro de sobre la mesa y dando con él un fuerte golpe sobre ella, echó un voto, dirigiendo una mirada furiosa a Dorrego y díjole, pero sin soltar el candelabro de la mano:
" ¡He dicho, Sr. Coronel, que hemos venido a uniformar las voces de mando!
"Quedó tan cortado Dorrego que no volvió más a reír y al día siguiente lo mandó San Martín desterrado a Santiago del Estero.
"Cuando poco después se retiró el general San Martín, por enfermo, me regaló su espada, al tiempo de marcharse, diciéndome que era la que le había servido en San Lorenzo, y que me la daba para que la usase en su nombre seguro de que sabría yo sostenerla.
"Lo que el general Paz dice respecto a que la enfermedad del general San Martín fue un pretexto para retirarse del ejército, porque adquirió el convencimiento de que vendría a suplantarlo cuando llegase la ocasión otro general más favorecido, estoy en creer que sólo son conjeturas de él, (en vista de lo que sucedió después con el general Rondeau) pues es efectivo que el general San Martín estuvo enfermo, pues vomitó sangre varias ocasiones y no recuerdo que se hubiese evidenciado después, como dice Paz, que ella era un nuevo pretexto." Gregorio Aráoz de Lamadrid.