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José Luis Busaniche. Relatos de Contemporáneos compilados

Visto por un agente americano

Antes de un mes, el 5 de abril, estaba San Martín con su ejército reorganizado, en el campo de Maipú, listo para librar la batalla decisiva contra las fuerzas españolas de Osorio. Entre los visitantes que le saludaron en su tienda de campaña, antes de iniciarse el combate, estaba un agente del gobierno norteamericano, Mr. Worthington, que remitió a su ministro en Washington un informe muy detallado sobre la personalidad de San Martín. Lo hemos traducido para esta obra de la colección titulada “Diplomatic correspondence of the United States, concerning the independence of the Latin American Nations”, Selected and arranged by William R. Manning. Vol. 1. New York, 1925. “San Martín es una personalidad sobre la cual es necesario que Vd. tenga todos los datos que estoy en condiciones de hacerle conocer, aunque no sean muy prolijos ni nada parecido a una biografía regular. Sin embargo, trataré de esbozar algunos de sus rasgos más salientes. Es nativo de la región del Virreinato de Buenos Aires colonizada en forma tan original por los jesuitas y que se llama el territorio de Misiones. San Martín vio la luz en un pueblo denominado Yapeyú. Tiene, según creo, 39 años; es hombre bien proporcionado, ni muy robusto ni tampoco delgado, más bien enjuto; su estatura es de casi seis pies, cutis muy amarillento, pelo negro y recio, ojos también negros, vivos, inquietos y penetrantes, nariz aquilina; el mentón y la boca, cuando sonríe, adquieren una expresión singularmente simpática. Tiene maneras distinguidas y cultas y la réplica tan viva como el pensamiento. Es valiente, desprendido en cuestiones de dinero, sobrio en el comer y beber; quizás esto último lo considere necesario para conservar su salud, especialmente la sobriedad en el beber. Es sencillo y enemigo de la ostentación en el vestir, decididamente retraído y no le tienta la pompa ni el fausto. Aunque un tanto receloso y suspicaz, creo que esta personalidad sobrepasa las circunstancias de tiempo en que le ha tocado actuar y las personalidades con quienes colabora. Habla francés y español y fue ayudante del Marqués de la Solana en la guerra peninsular. Tiene predilección por el arma de caballería, En la que se distinguió por primera vez en la batalla de San Lorenzo. Confía mucho, según creo, en sus cualidades de estratego militar y en su sagacidad y fineza en materia de partidos y de política; sin embargo parece haber encontrado en sus cualidades militares los mejores y más eficaces medios para seguir adelante. Me temo que si lo hacen Director, en Buenos Aires no tardará en descubrir algún complot y si ocupa el sillón de gobernante aunque sea por un año, su salud, lo mismo que su fama, sufrirán mucho, si no resultan destruidas para siempre. Cuando se reconcentra demasiado en asuntos políticos y diplomáticos, suele sufrir hemorragia de los pulmones y es de natural predispuesto a la melancolía, con alguna sombra de superstición. Sin embargo, en materia de religión es liberal y ha sido el primero en ocuparse de que sean tolerados los matrimonios de extranjeros no católicos con señoritas sudamericanas pertenecientes a esa religión, sin que se obligue a cambiar de credo a los maridos. Es verdad que en un gran Te Deum le he visto conducirse con una especie de estudiada formalidad y no pude menos de recordar en determinado momento a Oliverio Cromwell, porque San Martín debe darse cuenta de que muchas de esas costumbres y ceremonias religiosas son contrarias a la nueva situación creada, si es que en realidad se trata de liberarse del Rey de España y del Papa de Roma. Mi primera entrevista con él tuvo lugar después del desastre de Talca (Cancha Rayada). Me pareció que lo había conmovido mucho, pero lo soportaba como un hombre. Yo había recibido la adjunta carta original que me escribió desde San Fernando y que instruirá a Vd. sobre su cortesía de maneras, etc.. En cuanto a las cartas a que se refiere y que me fueron dadas por personas muy distinguidas de Buenos Aires, debo decir que la esposa del general fue tan amable que me dio una carta de presentación muy gentil para él. Cuando llegué a Buenos Aires, no tenía más que una carta conmigo y era del Departamento de Estado para Mister Halsey. Cuando partí de esa ciudad para Chile, llevaba todo un baúl de ellas. “En mi primera visita, me sentí muy bien impresionado por el general y antes de pedir permiso para retirarle, le dije: “- Señor, quisiera manifestar a Vd. algo por lo cual le pide previamente disculpas. Parece que en diversas oportunidades Vd. ha creído que los norteamericanos venidos a Sudamérica con el general Carrera, le son a Vd. hostiles, y ha obrado de acuerdo a esa convicción. Yo estoy seguro de que, tratados ellos de otra manera, hubieran sido sus amigos; la misma adhesión al general Carrera, demostraría la firmeza de sus principios, y puesto que venían a servir a la causa de América y no a Carrera, habrían sido tan fieles a Vd. como lo han sido a él, de haber sido tratados, no como partidarios de Carrera, sino como voluntarios de la causa americana. “Este era un asunto muy delicado pero yo iba dispuesto a terminar con él. “San Martín me respondió un tanto alterado: - ¿Sabe Vd. que había dos partidos en Chile? “- Sí, le contesté, y por lo mismo creo que la mejor política consistiría en fortalecer su partido de Vd. con elementos del bando opuesto, en vez de irritarlos o anularlos “El general respondió con afabilidad: - Bien, ya pensaremos todo eso. “Lo cierto es que, después, ha dispensado atenciones y favores a algunos de esos jóvenes que en un principio le habían sido sospechosos. “Poco antes de iniciarse la batalla de Maipú, lo visité en su tienda. Estaba muy ocupado, pero le presenté dos oficiales que me acompañaban, uno suizo y otro norteamericano. Recordando que en Talca (Cancha Rayada) le habían tomado de sorpresa, me aventuré a decirle: - Parece, General, que Osorio avanza con mucha precaución. “Por el énfasis con que contestó, comprendí que había comprendido mi intención. “- Nous le verrons...(Veremos ...). Fue toda su respuesta y no en tono de duda, antes bien como si tuviera puestos los ojos sobre el enemigo. Me acompañó hasta fuera de la tienda y me agradeció -dijo- el honor de mi visita. Al estrechar su mano y en momentos en que el choque de los ejércitos parecía inminente, le dije: “- De esta batalla, Señor General, depende, no solamente la libertad de Chile, sino acaso de toda la América Española. No sólo Buenos Aires, Chile y Perú tienen los ojos puestos en Vd. sino todo el mundo civilizado. “Dije esto sin presunción y con cierta tímida solemnidad como lo sentía, y como lo sintió él, por la forma en que escuchó mis palabras, y luego se inclinó y se volvió a su tienda. “Vi a San Martín después de la batalla de Maipú, porque estuve por la noche a congratular al Director. San Martín estaba sentado a su derecha. Me pareció despreocupado y tranquilo. Vestía un sencillo levitón azul. Al felicitarlo muy particularmente por el reciente suceso, sonriendo con modestia, me contestó: “- Es la suerte de la guerra, nada más. “Acompaño a Vd. la proclama que dio después de la derrota de Cancha Rayada; me parece que es una muestra de sinceridad, no diferente al reconocimiento que hizo Napoleón de su desastre en la Campaña de Rusia. Le he visto en otras ocasiones -como lo tengo escrito- después de su vuelta de Buenos Aires (a través de los Andes). Estuve con él en casa del Director y demostró particular alegría en saludarme. Como yo sabía que estaba afectado de una hemorragia de los pulmones o del estómago, le expuse mi satisfacción, por cuanto había llegado bien. “- Sí señor, gracias a dios, me contestó. “Según mis noticias, su salud mejora siempre en el clima despejado y seco de Chile. “Concurrí también a la colocación de la piedra fundamental de una iglesia o capilla en los llanos de Maipú. El acto tuvo gran solemnidad. Formaron las tropas con cañones y músicas; asistieron el obispo y el clero; el Director, el general San Martín y casi todos los habitantes de la capital. Yo llegué al campo mientras el Director, el general San Martín y oficiales estaban en un almuerzo campestre, dentro de un edificio arreglado al efecto. Entré poco después y los encontré comiendo, sin platos, y casi todos con una pierna de pavo en una mano y con un trozo de pan en la otra. En seguida me invitaron a participar de la comida. San Martín, levantándose, me ofreció un trozo de pan y otro de pavo, que tenía ante él. Brindé con el Director, bebiendo hasta la última gota de un vaso de vino Carlón, a la usanza soldadesca. Estaban los oficiales vestidos de gala, con insignias y medallas. “Con lo que dejo escrito estará Vd. En condiciones de formar una opinión sobre el Héroe de los Andes, a quien considero el hombre más grande de los que he visto en la América del Sur; creo que, de haber nacido entre nosotros, se hubiera distinguido entre los republicanos; creo también que, si se dirige al Perú, ‘habrá de emanciparlo y que será el Jefe de la Gran Confederación.” W. G. D. Worthington