Autores

Bartolomé Mitre ( 1821 - 1906)

La muerte de San Martn

Al fin llegó el término de su trabajada existencia. La muerte empezó por los ojos. Las cataratas, esa mortaja de la visión, empezaron a tejer su tela fúnebre. Cuando el famoso oculista Sichel le prohibió la lectura, -otra de sus pasiones- su alma se sumergió en la oscuridad de una profunda tristeza. La muerte asestó el último golpe al centro del organismo. El aneurisma que llevó siempre latente en su seno, amortiguó las palpitaciones de su gran corazón.
Trasladóse a Boulogne-sur-Mer, en busca, como Bolívar, de las brisas vivificantes de la mar, y allí tuvo la conciencia de su próximo fin. El 13 de agosto, hallándose de pie en la playa del canal de la Mancha, con la vista apagada, perdida en el nebuloso horizonte, sintió el primer síntoma mortal. Llevó la mano al corazón, y dijo, con una pálida sonrisa, a su hija que le acompañaba como una Antígona: ¡C'est I´ourage qui mène au port! ("Es la tempestad que lleva al puerto")
El 17 de agosto de 1850, empezó su agonía. "Esta es la fatiga de la muerte", exclamó, y expiró en brazos de la hija de su amor, a las tres de la tarde, a la edad de setenta y dos años y seis meses, para renacer a la vida de la inmortalidad.
Chile y la República Argentina le levantaron estatuas. El Perú le debe todavía la que le decretó. La nación argentina unida y constituida según sus votos, repatrió sus restos mortales, celebró su apoteosis, y le erigió su monumento fúnebre en la catedral de su metrópoli como al más grande de sus trascendentales hombres de acción consciente.
Aclaración: La República del Perú honró al Libertador con un hermoso monumento en su memoria.