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Bartolomé Mitre ( 1821 - 1906)

El Pino de San Lorenzo

Remontando los rápidos del Alto Uruguay, encuéntrase sobre la margen derecha, a los 29 grados, 31 minutos y 47 segundos, una ligera eminencia ondulada, que da su carácter pintoresco al paisaje, marcando la transición entre dos climas.
Allí existió en un tiempo la misión jesuítica de Yapeyú, sobre cuyas ruinas se ha fundado recientemente una pequeña colonia de inmigrantes europeos, que lleva el nombre glorioso de San Martín.
Su naturaleza participa de las gracias de la región templada a que se liga por sus producciones, y el esplendor de la no lejana zona intertropical, de cuyas galas está revestida.
Desde la meseta que domina aquel agreste escenario, la vista puede dilatarse en vastos horizontes y en anchas planicies siempre verdes, o concentrarse en risueños cuadros que limitan bosques floridos y variadas quebradas del terreno de líneas armoniosas.
Ascendiendo un tortuoso sendero abierto por el hacha del leñador en la enmarañada selva, se llega a la antigua plaza, donde aun se mantiene erguido el campanario de la iglesia de la poderosa compañía, coronada por el doble símbolo de la redención y de la Orden de Loyola. En su centro se levantan magníficos árboles plantados por los jesuitas, entre los cuales sobresalen gallardamente gigantescas palmeras que tienen más de un siglo de existencia.
Allí nació José de San Martín, "el más grande de los criollos del Nuevo Mundo", como con verdad y con justicia póstuma ha sido apellidado.
El pueblo de Yapeyú fue incendiado y saqueado el 13 de febrero de 1817, el mismo día y a la misma hora en que San Martín, después de haber atravesado los Andes y de haber vencido en Chacabuco, entraba triunfante en la capital de Santiago de Chile.
De la cuna del redentor de medio mundo y fundador de tres repúblicas no quedó sino un montón de cenizas; pero en el mismo día y hora en que esto sucedía, la América era independiente y libre por el esfuerzo del más grande de sus hijos, y aun viven las palmas americanas a cuya sombra nació y creció.
REMONTANDO LA CORRIENTE del Paraná, el viajero divisa a la distancia dos blancas cúpulas, que en lontananza hacen la ilusión de alas de garzas que hienden el espacio; más de cerca, parecen velas de embarcaciones que se levantan sobre los bosques de las islas circunvecinas; hasta que, aproximándose a la gran cancha que lleva el nombre del fronterizo monasterio de San Lorenzo, se destacan en el horizonte su atrevida torre y su media naranja blanqueadas, y a su inmediación un pino gigantesco, cuya forma atormentada atestigua el embate de los huracanes del tiempo.
Allí alcanzó San Martín su primer triunfo americano, y aquel pino marca el punto de partida de su gran campaña continental, cuyo teatro de operaciones fue la América meridional, al través de ríos, pampas, mares, y montañas.
Así, de los dos grandes ríos superiores que derraman sus aguas en el Plata, el uno le vio nacer a la vida del tiempo y el otro a la vida de la inmortalidad, marcándose en ambos su cuna y su primera etapa militar por árboles seculares que crecen a sus márgenes y existen todavía.
El tilo de Friburgo, laurel de la victoria de la más antigua república europea; el árbol de Guernica, monumento rústico de las libertades de un pueblo; el sauce de Santa Elena, melancólica corona de la grandeza militar en el destierro; la planta de café, que como un retoño de vida nueva crece en la tumba de Washington, agitarán sus hojas al soplo de la gloria para confundir sus rumores con el de las palmas de Yapeyú y el pino de San Lorenzo, en el día en que las cenizas del héroe argentino vuelvan triunfantes al seno de la patria.
La antigüedad habría encendido con ese pino su pira y sus antorchas funerarias: su patria agitará en alto sus gajos entrelazándolos con palmas seculares, en señal de triunfo póstumo. En los primeros años de la revolución de Mayo el pino de San Lorenzo era ya viejo, y su tronco y su corona elíptica empezaban a inclinarse por el peso de los años.
Por ese tiempo llegó San Martín al Río de la Plata, en toda la fuerza de su virilidad, poseído de una idea y animado de una pasión, con el propósito de ofrecer su espada a la revolución argentina, que contaba ya dos años de existencia. Templado en las luchas de la vida, amaestrado en el arte militar, formado su carácter y madurada su razón en la austera escuela de la experiencia y del trabajo, el nuevo campeón traía por contingente a la causa americana la táctica y la disciplina aplicadas a la política y a la guerra; y en germen, un vasto plan de campaña continental que, abrazando en sus lineamientos la mitad de un mundo, debía dar por resultado preciso el triunfo de su independencia.
Nombrado comandante del Regimiento de Granaderos a Caballo creado por él, esperaba a principios del año de 1813 la ocasión de ensayar la nueva táctica que había introducido y el espíritu heroico que había sabido infundir a sus discípulos. En este molde militar había vaciado un nuevo tipo de soldado creando en un regimiento el tipo de un ejército y el nervio de una situación. Bajo una disciplina austera, que no anonadaba la energía individual, y más bien la retemplaba, formó soldado por soldado, y modeló correctamente sus oficiales; hízoles pasar, uno por uno, por la prueba del miedo y de la fatiga apasionándolos por el deber e inoculándoles ese fanatismo del coraje que se considera invencible, y que es el secreto de vencer. Armó a sus granaderos con el sable largo de los coraceros de Napoleón cuyo filo había experimentado por sí en las batallas de la península española; y él mismo les enseñaba su manejo, haciéndoles entender que con esa arma partirían como una sandía la cabeza del primer enemigo que se le presentase delante; lección que practicaron al pie de la letra en el primer combate en que se ensayaron.
Al finalizar el año de 1812, el Regimiento de Granaderos a Caballo, militarmente organizado y moralmente templado, esperaba impaciente el momento de ser sometido a la prueba del fuego de las batallas.
El último día de ese año y los primeros días del año XIII fueron señalados por dos victorias memorables, la una militar y la otra política.
EL 31 DE DICIEMBRE DE 1812 la vanguardia del ejército sitiador de Montevideo, a las órdenes del coronel D. José Rondeau, batió completamente al frente de sus murallas una columna española que había salido de la plaza con el objeto de hacer levantar el asedio, el cual quedó sólidamente establecido bajo los auspicios de la victoria.
El 31 de enero de 1813 se reunió la Asamblea General Constituyente, que reasumió en sí "la representación y el ejercicio de la soberanía" popular. Los ejércitos en campaña le juraron obediencia y desplegaron por inspiración propia una nueva bandera republicana, que debía dar la vuelta a la América del Sur, marchando resueltamente en busca de los ejércitos realistas fortificados en Montevideo y atrincherados en Salta.
La revolución tomaba de nuevo la ofensiva, y un soplo de popularidad agitaba sus flamantes banderas. Todo presagiaba que la situación militar del año 1812 iba a cambiar como había cambiado su situación política.
SOLO EN LAS AGUAS no se dilataba el espíritu de la revolución de Mayo. El poder marítimo de la España parecía invencible. Sus naves desmanteladas en Europa por el genio de Nelson, dominaban ambos mares, desde las Californias en el Pacífico hasta el golfo de Méjico en el Atlántico. El Río de la Plata y sus afluentes reconocían por únicos señores a los marinos realistas de Montevideo, que mantenían en jaque perpetuo todo el litoral. Un día bombardeaban la capital de Buenos Aires; otro día derramaban el espanto en todo el río Uruguay, o asolaban las poblaciones indefensas del Paraná, practicando frecuentes desembarcos en las costas de que se enseñoreaban, aunque momentáneamente.
El gobierno de la revolución, para contrarrestar estas hostilidades. Había levantado baterías en el Rosario y en Punta Gorda (hoy Diamante) pero mientras los marinos de Montevideo se preparaban a derribar esos obstáculos, el río Paraná, en el espacio de ochenta leguas, continuaba siendo el teatro de sus continuas depredaciones.
En octubre de 1812 fueron cañoneados, asaltados y saqueados por los barcos realistas, los pueblos de San Nicolás y San Pedro sobre la margen occidental del Paraná. Alentados por el éxito de estas empresas, resolvieron darles extensión, sistematizándolas como medio de hostilidad permanente. Con esto se proponía llamar la atención de los patriotas para que no reforzasen el sitio de Montevideo, a la vez que proveer de víveres esa plaza, que ya empezaba a carecer de ellos. Al efecto organizóse sigilosamente una escuadrilla sutil, compuesta en su mayor parte por corsarios tripulados por gentes de desembarco, con el plan de remontar aquel río, destruir las mal guardadas baterías del Rosario y Punta Gorda, y subir enseguida hasta el Paraguay, apresando en su trayecto los buques del cabotaje que se ocupaban en el tráfico comercial con aquella provincia. Confióse la dirección del convoy al corsarista D. Rafael Ruiz, y el mando de la tropa de desembarco al capitán D. Juan Antonio Zabala, vizcaíno testarudo, de rubia cabellera que a una estatura colosal reunía un valor probado.
En enero llegaron estas noticias al conocimiento del gobierno de Buenos Aires. En consecuencia de ellas, mandó desarmar las baterías del Rosario por consejo de la junta de guerra, con aprobación del mismo ingeniero, el coronel Monasterio, que las había construido. Al mismo tiempo, dispuso se reforzaran las baterías de Punta Gorda, artilladas con 15 bocas de fuego y guarnecidas por más de 480 hombres. Como complemento de estas medidas ordenó que el coronel de Granaderos a Caballo, D. José de San Martín, con una parte de su regimiento, protegiese las costas occidentales del Paraná desde Zárate hasta Santa Fe. La alarma cundía mientras tanto a lo largo del litoral de los ríos superiores, y sus despavoridos habitantes esperaban de un momento a otro ver reducidos a cenizas sus indefensos hogares. Estaba reservado a un regimiento de caballería dar el primer golpe a la marina española en América y asegurar para siempre el dominio de las costas argentinas.
LA EXPEDICION NAVAL montevideana, convoyada por tres buques de guerra de la escuadrilla sutil de los realistas, penetró por las bocas del Iguazú a mediados del mes de enero. Componíase de once embarcaciones armadas en guerra, entre grandes y pequeñas, tripuladas por más de 300 hombres de combate, entre soldados y marineros. Aunque retrasada la expedición por los vientos del norte que reinan en esta estación del año, el coronel San Martín apenas tuvo tiempo de salirle al encuentro a la cabeza de 125 granaderos escogidos, destacando algunas partidas para vigilar la costa más arriba de las bocas del río.
Mientras tanto, el mismo San Martín en persona, disfrazado con un poncho y un sombrero de campesino, seguía desde la orilla con el grueso de su fuerza oculta la marcha de la expedición, acechando el momento de escarmentarla, caminando tan sólo de noche para precaverse de los espías. La flotilla enemiga seguía tranquilamente su derrotero, sin sospechar que, paralelamente de ella y envuelta en las sombras de la noche, marchaba a trote y galope su perdición.
El 28 de Enero pasaron los buques por San Nicolás, navegando en conserva. El 30 subieron más arriba del Rosario, izando al tope de la capitana, que era una zumaca, la bandera española de guerra, aunque sin hacer ninguna hostilidad, y fondearon a la vista en la punta superior de la isla fronteriza.
El comandante militar del Rosario, que lo era un paisano llamado D. Celedonio Escalada, natural de la Banda Oriental, reunió la milicia del punto para oponerse al desembarco que se temía. Consistía toda su fuerza en 22 hombres armados de fusiles, 30 de caballería con chuzas sables y pistolas, y un cañoncito de montaña manejado por media docena de artilleros, el cual era protegido por el resto de la gente armada de cuchillos.
En la noche levaron anclas los buques españoles, y el día 30 amanecieron frente a San Lorenzo. Allí dieron fondo como a 200 varas de la orilla.Este es el punto en que el Paraná mide su mayor anchura. Sus altas barrancas por la parte del oeste, escarpadas como una muralla, cuya apariencia presentan, sólo son accesibles por los puntos en que la mano del hombre ha abierto sendero, practicando cortes o rampas. Frente al lugar ocupado por la escuadrilla, se divisaban dos de estos estrechos caminos inclinados. Más arriba, sobre la planicie que corona la barranca, festoneada de arbustos, levantábase solitario y majestuoso el monasterio de San Carlos, con sus grandes claustros de pesada y severa arquitectura y el humilde campanil que entonces lo coronaba.
Un destacamento como de cien hombres de infantería fue echado a tierra, y sólo encontraron a los pacíficos frailes de San Francisco de Propagandafide, habitadores del convento que les permitieron tomar algunas gallinas y melones, únicos víveres que pudieron proporcionarse, pues todos los ganados habían sido retirados de la costa con anticipación.
Formados los expedicionarios frente a la portería del convento, percibieron a la distancia una ligera nube de polvo que se levantaba en el camino del Rosario. Era Escalada, que noticioso del desembarco, acudía al encuentro de los invasores con su cañón de montaña y sus cincuenta hombres medio armados. La campana del claustro daba en aquel momento las siete y media de la mañana.
Cuando Escalada llegó al borde de la barranca, los españoles se replegaban sobre la ribera a son de caja en disposición de reembarcarse. Rompió el fuego sobre ellos con su cañón, pero los buques con sus piezas de mayor alcance le obligaron a desistir de su hostilidad.
Tal fue el preludio del combate de San Lorenzo, hasta hoy desconocido, que bien merecía ser salvado del olvido, siquiera sea para adjudicar a cada cual el mérito que le corresponde en la preparación del suceso que ha ilustrado aquel sitio.
La noche del 31 se fugó de la escuadrilla un paraguayo que tenían preso en ella. Apoyándose en unos palos flotantes, llegó hasta la playa donde los patriotas le recibieron. Por él se supo que toda la fuerza de la expedición no pasaba de 350 hombres, que a la sazón se ocupaban de montar dos pequeños cañones para desembarcar al día siguiente en mayor fuerza con el objeto de registrar el monasterio, donde suponían ocultos los caudales de la localidad; y que su propósito era remontar el río a fin de pasar de noche las baterías de Punta Gorda, si era que no podía destruirlas, interrumpiendo así el comercio con el Paraguay.
Inmediatamente circuló Escalada esta noticia, y uno de sus avisos encontró al coronel San Martín al frente de ciento veinte granaderos divididos en dos escuadrones, cuya marcha se había retrasado en dos Jornadas respecto de la expedición.
Amaneció el día 2, y el viento, que en los días anteriores había sido favorable para los buques expedicionarios, empezó a soplar de nuevo del norte, impidiéndoles continuar el viaje. El día pasó sin que se verificase el desembarco anunciado.
Sin estas circunstancias casuales, que dieron tiempo para que todo se preparase convenientemente, el combate de San Lorenzo no habría tenido lugar probablemente.
MIENTRAS TANTO SAN MARTIN con su pequeña columna seguía a marchas forzadas rescatando a trote y galope las jornadas perdidas. El aviso de Escalada era la espuela que lo aguijoneaba.
En la noche del mismo día. que fue muy oscura, llegó a la posta de San Lorenzo distante como una legua del monasterio. Allí encontró la caballada que Escalada había hecho prevenir para reemplazar la cansada en las marchas.
Al frente de la posta estaba estacionado el carruaje de viaje, desenganchado. Dos granaderos se acercaron a él y preguntaron con tono amenazador: - ¿Quién está ahí? - Un viajero -contestó la voz de un hombre, que parecía despertar de un profundo sueño.
En aquel instante se aproximó otro jinete, y se oyó una voz ronca con acento de mando tranquilo que decía: - No falten ustedes a ese señor que no es un enemigo, sino un caballero inglés que va al Paraguay.
El viajero, asomando la cabeza por una ventanilla del coche, y combinando los contornos esculturales del bulto con la voz a que creía reconocer, exclamó: - Seguramente usted es el coronel San Martín. - Y si fuese así ? - Aquí tiene usted a su amigo Mr. Robertson, contestó el interpelado
Como es de regla que en todo hecho notable que ocurra en el mundo deba hallarse presente un inglés, era aquel el conocido viajero Guillermo Parish Robertson, autor de varias obras sobre la América, que por una situación no menos casual que las anteriores, estaba destinado a presenciar los memorables sucesos del día siguiente, y a dar testimonio de ellos ante la historia. Los dos amigos se reconocieron, festejando su caprichoso encuentro en medio de las tinieblas, y entablaron una conversación sobre las cosas del día. - El enemigo -dijo San Martín- tiene doble número de gente que la nuestra; pero dudo mucho que le toque la mejor parte. - Estoy en la misma persuasión –contestó flemáticamente el inglés brindando a sus huéspedes con una copa de vino al estribo en honor del futuro triunfo, y solicitando el de acompañarles. - Convenido –repuso San Martín-; pero cuide usted que su deber no es pelear. Yo le daré un buen caballo, y si ve que la jornada nos es adversa, póngase usted en salvo. Sabe usted – agregó epigramáticamente- que los marinos son maturrangos.
Acto continuo dio la voz de ¡a caballo! Y acompañado del viajero tomó la cabeza de la taciturna tropa, que poco después de media noche llegaba al monasterio, penetrando cautelosamente por el portón del campo abierto a espaldas del edificio.
Los claustros estaban silenciosos y las celdas desiertas. Cerrado el portón, los escuadrones echaron pie a tierra en el gran patio, prohibiendo el coronel que se encendiesen fuegos y se hablase en voz alta. "Hacían recordar, -dice el viajero inglés ya citado-, a la hueste griega que entrañara el caballo de madera tan fatal a Troya."
San Martín, provisto de un anteojo de noche, subió a la torre de la iglesia, y se cercioró de que el enemigo estaba allí, por las señales que hacía por medio de fanales. En seguida reconoció personalmente el terreno circunvecino, y tomando en cuenta las noticias suministradas por Escalada formó inmediatamente su plan.
AL FRENTE DEL MONASTERIO, por la parte que mira al río, se extiende una alta planicie horizontal, adecuada para las maniobras de la caballería. Entre el atrio y el borde de la barranca acantilada, a cuyo pie se extiende la playa, media una distancia de poco más de 400 varas, lo suficiente para dar una carga a fondo. Dos sendas sinuosas -una sola de las cuales era practicable para infantería formada- establecían la comunicación, como dos escaleras, entre la playa baja y la planicie superior. Con estos conocimientos, recogidos a la luz incierta que precede al alba, San Martín dispuso que los granaderos saliesen del patio, y se emboscasen, formados con el caballo de la brida, detrás de los macizos claustros y tapias posteriores del convento, que enmascaraban estos movimientos; haciendo ocupar a Escalada y sus voluntarios posiciones convenientes en el interior del edificio, a fin de proteger el atrevido avance que meditaba.
Al rayar la aurora subió por segunda vez al campanario provisto de su anteojo militar.
A las 5 de la mañana del 3 de febrero empezó a iluminarse el horizonte destacándose de entre las sombras de la noche aquel pintoresco paisaje de grandes aguas tranquilas y de resplandeciente verdura, velada de nieblas transparentes, en medio al cual, el monasterio, los buques y los hombres, aparecían como puntos perdidos en el horizonte. Pocos momentos después, las primeras lanchas de la expedición, cargadas de hombres armados, tomaban tierra. A las cinco y media de la mañana subían por el camino principal dos pequeñas columnas de infantería en disposición de combate.
San Martín, bajando precipitadamente de su observatorio encontró al pie de la escalera a Robertson y le dirigió estas palabras: "Ahora, en dos minutos más, estaremos sobre ellos, sable en mano". Un arrogante caballo bayo, de cola cortada al corvejón, militarmente enjaezado, se veía a pocos pasos, teniéndolo de la brida su asistente Gatica. Montó en el apoyando apenas el pie en el estribo, y corrió a ponerse al frente de sus granaderos. Desenvainando su sable corvo de forma morisca con empuñadura abierta, arengó en breves y enérgicas palabras a los soldados a quienes por la primera vez iba a conducir a la pelea, recomendándoles que no olvidasen sus lecciones, y, sobre todo, que no disparasen ningún tiro, fiándose únicamente en sus lanzas y en sus largos sables. Después de esto, tomó en persona el mando del segundo escuadrón, y dio el del primero al capitán D. Justo Bermúdez, diciéndole: "En el centro de las columnas enemigas nos encontraremos, allí daré a usted mis órdenes. "
Los enemigos habían alcanzado mientras tanto unas 200 varas, en número de 250 hombres. Venían formados en dos columnas de compañía por mitades, con la bandera desplegada y traían al centro y un poco a vanguardia, dos piezas de artillería, marchando a paso redoblado a son de pífanos y tambores.
En aquel instante resonó, por la primera vez el clarín de guerra de los Granaderos a Caballo, que debía hacerse oír por todos los ámbitos de la América, desde el Paraná hasta el pie del Pichincha. Instantáneamente salieron por las dos alas del monasterio los dos escuadrones, sable en mano y, en aire de carga, tocando a degüello. San Martín llevaba el ataque por la izquierda y Bermúdez por la derecha.
EL COMBATE DE SAN LORENZO tiene de singular que ha sido narrado con encomio por el mismo enemigo vencido, en términos que realzan la bizarría y la modestia del vencedor.
El jefe de la expedición, D. Rafael Ruiz, dice en su parte oficial publicado en la Gaceta de Montevideo: "Por derecha e izquierda del monasterio salieron dos gruesos trozos de caballería formados en columna, y bien uniformados, que, a todo galope, sable en mano, cargaban despreciando los fuegos de los cañoncitos, que principiaron a hacer estragos en los enemigos desde el momento en que los divisó nuestra gente. Sin embargo de la primera pérdida de los enemigos, desentendiéndose de la que les causaba nuestra artillería, cubrieron sus claros con la mayor rapidez, atacando a nuestra gente con tal denuedo, que no dieron tiempo a formar cuadro. Zavala, ordenó a la gente ganar la barranca, posición mucho más ventajosa por si el enemigo trataba de atacarlo de nuevo. Apenas tomó esta acertada providencia, cuando vio al enemigo cargar por segunda vez con mayor violencia y esfuerzo que la primera. Nuestra gente formó, aunque imperfectamente, un cuadro, por no haber dado lugar a hacer la evolución la velocidad con que cargó el enemigo."
Las cabezas de las columnas españolas, desorganizadas por la primera carga, que fue casi simultánea, se replegaron sobre las mitades de retaguardias y rompieron un nutrido fuego contra los agresores, recibiendo a varios de ellos en la punta de sus bayonetas.
San Martín, al frente de su escuadrón, se encontró con la columna que mandaba en persona el comandante Zavala, Jefe de toda la fuerza de desembarco. Al llegar a la línea, recibió a quemarropa una descarga de fusilería y un cañonazo a metralla que, matando su caballo, le. derribó en tierra, tomándole una pierna en su caída. Trabóse a su alrededor un combate parcial al arma blanca, recibiendo en él una ligera herida de sable en el rostro. Un soldado español se disponía ya a atravesarlo con su bayoneta, cuando uno de sus granaderos, llamado Baigorria (puntano) lo traspasó con su lanza.
Imposibilitado de hacer uso de sus armas, San Martín habría sucumbido en aquel trance, si otro de sus soldados no hubiera venido en su auxilio, echando resueltamente pie a tierra y arrojándose sable en mano en medio de la refriega. Con fuerza hercúlea y con serenidad, desembaraza a su jefe del caballo muerto que lo oprimía, en circunstancias en que los enemigos, reanimados por Zabala a los gritos de ¡Viva el rey!, se disponían a reaccionar; y recibe en aquel acto dos heridas mortales gritando con entereza: "¡Muero contento!; ¡Hemos batido al enemigo!" Llamábase Juan Bautista Cabral este héroe de última fila, era natural de Corrientes, y murió dos horas después, repitiendo las mismas palabras.
El nombre de Cabral, inscripto en un escudo, se fijó más tarde en la puerta del cuartel de Granaderos en memoria de esta hazaña, y fue pronunciado durante largos años al tiempo de pasar lista, contestando sus compañeros de armas al ser llamado: ¡Murió por la patria!
CASI AL MISMO TIEMPO que este episodio heroico tenía lugar, el alférez Hipólito Bouchard, famoso después por su crucero alrededor del mundo. Arrancaba con la vida la bandera española de manos del que la llevaba. El capitán Bermúdez, por su parte, a la cabeza del escuadrón de la derecha, había hecho retroceder la columna que encontrara a su frente, bien que su carga no fue precisamente simultánea con la que llevó en persona San Martín.
La victoria, que había tardado tres minutos en decidirse, se consumó en menos de un cuarto de hora.
Los españoles, desconcertados y deshechos por el doble y brusco ataque, se replegaron haciendo resistencia sobre el borde de la barranca, abandonando en el campo su artillería, sus muertos y sus heridos. La escuadrilla rompió entonces el fuego para proteger la retirada, y una de sus balas hirió mortalmente al capitán Bermúdez en el momento en que, habiendo asumido el mando en jefe por la imposibilidad de San Martín a consecuencia de su caída, llevaba la última carga. El teniente D. Manuel Díaz Vélez, que le acompañaba, arrebatado por su entusiasmo y el ímpetu de su caballo, se despeñó de la barranca, recibiendo en la caída un balazo en la frente y dos bayonetazos en el pecho.
Estrechados sobre el borde de la barranca y sin tiempo para rehacerse, los últimos dispersos del enemigo no pudieron mantener su posición, y se lanzaron en fuga a la playa baja, precipitándose muchos de ellos por el despeñadero por no acertar a encontrar las sendas de comunicación.
Una vez reunidos en la playa, y cubiertos por la barranca como por una trinchera protegida por el fuego de sus embarcaciones, los restos escapados del sable de los granaderos consiguieron embarcarse, dejando en el campo de batalla su bandera y a su abanderado, dos cañones, 50 fusiles, 40 muertos y 14 prisioneros, llevando varios heridos, entre éstos su propio comandante Zavala, cuya bizarra comportación no había podido impedir la derrota.
LOS GRANADEROS TUVIERON 27 heridos y 15 muertos, siendo de estos últimos: 2 porteños, 3 puntanos, 1 oriental y 1 santiagueño, estando todas las demás Provincias Unidas representadas por algún herido, como si en aquel estrecho campo de batalla se hubiesen dado cita sus más valientes hijos para hacer acto de presencia en la vida y en la muerte.
El teniente Díaz Vélez, que había caído en manos del enemigo, fue canjeado, con otros tres presos que se hallaban a bordo, por los prisioneros españoles del día, bajando a tierra cubierto con la bandera de parlamento para morir poco después en brazos de sus compañeros de armas.
San Martín suministró generosamente víveres frescos para los heridos enemigos, a petición del Jefe español, exigiendo palabra de honor de que no se aplicarían a otro objeto; y el viajero inglés Robertson se asoció a este acto de humanidad, ofreciendo sus vinos y provisiones. Los moribundos recibieron sobre el mismo campo de batalla la bendición del párroco del Rosario, D. Julián Navarro, que durante el combate los había exhortado con la voz y el ejemplo.
Y para que ningún accidente dramático faltase a este pequeño, aunque memorable combate, uno de los presos canjeados con el enemigo, fue un lanchero paraguayo llamado José Félix Bogado, que en ese día se alistó voluntariamente en el regimiento. Este fue el mismo que, trece años después, elevado al rango de coronel, regresó a la patria con los cinco últimos granaderos fundadores del cuerpo que sobrevivieron a las guerras de la revolución desde San Lorenzo hasta Ayacucho.
EL COMBATE DE SAN LORENZO, aunque de poca importancia militar, fue de gran trascendencia para la revolución. Pacificó el litoral de los ríos Paraná y Uruguay, dando seguridad a sus poblaciones; mantuvo expedita la comunicación con el Entre Ríos, que era la base del ejército sitiador de Montevideo; privó a esta plaza del recurso de víveres frescos con que contaba para prolongar su resistencia; conservó franco el comercio con el Paraguay; que era una fuente de recursos; y sobre todo, dio un nuevo general a sus ejércitos y a sus armas un nuevo temple.
Tres días después del suceso la escuadrilla española, escarmentada para siempre, descendía el Paraná cargada de heridos en vez de riquezas y trofeos, llevando a Montevideo la triste nueva.
El entusiasmo con que fue festejado su triunfo en la capital, vengó al vencedor de las calumnias que ya empezaban a amargar su vida, presentándolo como un espía de los españoles que tuviera el propósito secreto de volver contra los patriotas las armas que se le habían confiado.
El primer experimento estaba hecho. Los sables de los granaderos estaban bien afilados: no sólo podían dividir la cabeza de un enemigo. sino que también podían decidir el éxito de una batalla. El maestro había probado que tenía brazo, cabeza y corazón, y que era capaz de hacer prácticas sus lecciones en el campo de batalla. Su nombre se inscribía por la primera vez en el catálogo de los guerreros argentinos, y su primer laurel simbolizaba, no sólo una hazaña militar, sino también un gran servicio prestado a la tranquilidad pública, a la par que una muestra del poder de la táctica y disciplinadirigidas por el valor y la inteligencia.
EN EL HUERTO DEL CONVENTO de San Lorenzo consérvase aun el pino añoso, a cuya sombra, según cuenta la tradición, descansó San Martín el 3 de febrero de 1873, después de la jornada de aquel día, bañado en su propia sangre, y cubierto con el polvo y el sudor de la victoria.
El pueblo de San Lorenzo, en conmemoración de este hecho, depositará sobre los restos expatriados del coronel José de San Martín una corona de oro y plata, entrelazada con gajos del histórico árbol, último testigo vivo que queda de tan memorable combate. A la corona acompañará una plancha de oro, en cuyo centro se ve grabada la imagen del pino, y a su pie, San Martín, solo y sentado, en actitud meditabunda, cual si en aquel momento hubiese tenido la visión de sus futuros destinos.

Esta es una ofrenda digna en la apoteosis del héroe. Su urna no debe ser profanada con atributos teatrales, ni con objetos que no le hayan pertenecido verdaderamente. Para adornar su tumba con la austera simplicidad que lo caracterizaba, bastará cubrir su féretro con la vieja bandera de los Andes, mortaja gloriosa en que dormirá el sueño de la inmortalidad, y colocar encima de ella una doble corona formada con los gajos de las palmas de Yapeyú y del pino de San Lorenzo, como emblemas de victoria y fortaleza, que recuerden la doble aurora de su vida y de su gloria, en la cuna y en el campo de batalla.