Autores

Bartolomé Mitre ( 1821 - 1906)

Guayaquil

El encuentro de los grandes hombres que ejercerán influencia decisiva en los destinos humanos, es tan raro como el punto de intersección de los cometas en las órbitas excéntricas que recorren.
Sólo una vez se ha producido este fenómeno en el cielo, y en la tierra rarísimas veces. La masa de un cometa penetró una vez la de otro, y al dividirlo lo convirtió en una lluvia de estrellas que sigue girando en su círculo de atracción, mientras el primero continuó su marcha parabólica en los espacios.
Tal sucedió con San Martín y Bolívar, los dos únicos grandes hombres sudamericanos, por la extensión de su teatro de acción, por su obra, por sus cualidades intrínsecas, por su influencia en su tiempo y en su posteridad. Son los únicos hijos del nuevo mundo, que después de Washington hayan entrado a figurar en el catálogo de los héroes universales, cuya gloria se agranda a medida que pasa el tiempo y la obra en que fueron artífices se completa. Washington dio al mundo la nueva medida del gobierno humano según la vara de justicia, y legó el modelo del carácter más bien equilibrado en la grandeza que los hombres hayan admirado y bendecido.
Bolívar y San Martín fueron los libertadores de un nuevo mundo republicano, que restableció el dinamismo del mundo político, por efecto de la revolución que hicieron triunfar con sus armas. Su acción fue dual, como la de los miembros de un mismo cuerpo, y hasta su choque y antagonismo final responde a su acción dupla, que se completa la una por la otra, aunque la más poderosa prevalezca incorporándose en una sola las respectivas fuerzas iniciales, sin que por esto se extinga la absorbida. Los paralelos de los hombres ilustres a lo Plutarco, en que se buscan los contrastes externos y las similitudes aparentes para producir una antítesis literaria, sin penetrar en la esencia de las cosas mismas, son juguetes históricos, que entretienen la curiosidad, pero que nada enseñan.
Se ha abusado por demás de este artificio respecto de San Martín y Bolívar, hasta hacerse una vulgaridad. Su paralelismo está en su obra, y su respectiva grandeza no puede medirse por el compás del geómetra ni por las etapas del caballo de Alejandro a través del continente que recorrieron en direcciones opuestas y convergentes.

SAN MARTÍN Y BOLÍVAR

Se ha dicho, con más retórica que propiedad, que para determinar la grandeza relativa de los dos héroes americanos sería necesario medir antes el Amazonas y los Andes. El Amazonas y los Andes están medidos, y las estaturas históricas de San Martín y Bolívar también, así en la vida como acostados en la tumba. Los dos son intrínsecamente grandes en su escala, más por su obra común que por sí mismos, más como libertadores que como hombres de pensamiento.
Su doble influencia se prolonga en los hechos de que fueron autores o meros agentes, y vive y obra en su posteridad. Esta influencia póstuma es la que no ha sido medida aún, y la que determinará en definitiva la verdadera amplitud de sus proyecciones.
La historia planta los jalones del pasado, los presentes se guían por ellos, y el futuro decidirá cuál de los dos tuvo más larga visual o acertó con mejor instinto. Hasta ahora el tiempo que aquilata las acciones por sus resultados duraderos, dando a Bolívar más gloria y la corona del triunfo final, ha dado a San Martín la de primer capitán del nuevo mundo, y la obra de la hegemonía por él representada vive en las autonomías que fundó, aunque no como lo imaginara; mientras el gran imperio republicano de Bolívar y la unificación monocrática de la América que persiguió, se deshizo en vida y se ha disipado como un sueño, uniéndose, empero, las figuras de los dos libertadores en el espacio recorrido, y marcando en los liedes del porvenir la marcha triunfal de las repúblicas sudamericanas hacia los grandes destinos que les están reservados.
Si la conciencia sudamericana adoptase el culto de los héroes, preconizado por una moderna escuela histórica, resurrección de los semidioses de la antigüedad, adoptaría por símbolo los nombres de San Martín y de Bolívar, con todas sus deficiencias como hombres, con todos sus errores como políticos, porque ellos son los héroes de su independencia y los fundadores de su emancipación: fueron sus LIBERTADORES y constituyen su binomio virtual.
En todos los acontecimientos en que intervienen hombres y cosas, puede concebirse y aun demostrarse, qué hombres pudieron reemplazar a otros, y cómo, con ellos o sin ellos, se hubiesen producido los hechos lógicos de que fueron autores o meros actores, sin que por esto se desconozca la acción eficiente de las individualidades conscientes con potencia propia.
Son sin duda las revoluciones las que engendran a los hombres, cuando ellas son el resultado de una evolución que tiene su origen en causas complejas, pero son los hombres los que las impulsan y las caracterizan, y a veces son factores indispensables en el enlace y la dirección de los acontecimientos. Sin Colón, se habría descubierto más tarde la América, pero fue él quien conscientemente la descubrió.
La revolución de Inglaterra habría estallado después de la resistencia cívica de Hampden, pero sin Cromwell no habría triunfado militarmente, inoculándose el principio disciplinario y religioso que fue su fuerza y su debilidad.
La emancipación de los Estados Unidos de la América del Norte habría hecho surgir de todos modos una gran re pública, pero sin Washington no tendría en el ejercicio del poder el carácter de grandeza moral que ha impreso sello típico a su democracia. La revolución francesa habría estallado, porque estaba en el orden y en el desorden de las cosas, y sin los hombres que alternativamente la dirigieron, se habría desarrollado, y tal vez mejor, porque ninguno supo fijarla.
Se concibe fácilmente, con arreglo a este criterio, que la insurrección sudamericana se produjera como hecho espontáneo, resultado de antecedentes históricos y efecto inmediato de las circunstancias, si San Martín y Bolívar no hubiesen existido; pero tal como se produjo y se desenvolvió, no se alcanza cómo con menos recursos pudo hacerse más, ni organizarse mejor militarmente, ni triunfar en menos tiempo y con el menor desperdicio de fuerzas en la lucha por la independencia continental. Por eso son grandes intrínsecamente y por sí mismos Bolívar y San Martín.

PRESTIGIOS DE LA ENTREVISTA

Todos estos rayos convergentes de la historia que se encuentran en el punto céntrico en que los dos libertadores operaron su conjunción, son los que dan sus prestigios a la conferencia de San Martín y Bolívar en Guayaquil. El escenario es el arco iluminado del Ecuador del nuevo mundo, con su horizonte marítimo y sus gigantescas cadenas de montañas en perspectiva, sus palmeras siempre verdes y sus volcanes encendidos.
Los protagonistas son los árbitros de un nuevo mundo político. El mundo pone el oído y no oye nada. Uno de los protagonistas desaparece silenciosamente de la escena, cubriendo su retirada con palabras vacías de sentido. El otro ocupa silenciosamente su lugar.
El misterio dura veinte años, sin que uno ni otro de los interlocutores revelase lo que había pasado en la conferencia. Al fin, una parte del velo se descorre y vese, combinando las palabras escritas o habladas con los hechos contemporáneos, y los antecedentes con sus consecuencias, que el misterio consistía únicamente en el fracaso de la entrevista misma, y que lo que en ella se trató, así como lo sucedido o dicho, es lo que estaba ya anunciado, lo que todos sabían poco más o menos o podían deducir, lo que necesariamente tenía que ser. y que se sabe hoy todavía más que los mismos protagonistas, porque se ha podido penetrar hasta el fondo de sus almas y leer en ellas lo que no estaba escrito en ningún papel.

MISTERIOS DE LA ENTREVISTA

A pesar de todo esto, la curiosidad se ha empeñado y se empeña en descubrir algo más fuera del círculo de acción de los actores, como los que divisan con un poderoso telescopio las montañas de la luna y buscan sus habitantes, que la razón les dice no existen, o en un cuadro que pone de relieve sus grandes figuras en plena luz se quiere penetrar en el claroscuro del fondo que las realza.
Lo único misterioso en este acto que la imaginación se ha empeñado en rodear de accidentes fantásticos - después de los documentos publicados y de las versiones desautorizadas que se han hecho- son los móviles secretos que impulsaron al uno a ser intransigente e impusieron al otro su abdicación, los que no están consignados en ningún documento, como que tuvieron su origen en la propia conciencia que los guardaron.
El tiempo, que ha hecho caer las máscaras con que se cubrieron ambos en su primera y última entrevista, ha puesto sus almas de manifiesto y podemos hoy leer en ellas mejor que ellos mismos.

ANTECEDENTES DE LA ENTREVISTA

Si el Protector del Perú, mejor aconsejado, hubiera obrado con más previsión y con arreglo a un plan fijo, habría puesto condiciones a su prestación de auxilios en la guerra de Quito o por lo menos arreglado previamente bases de discusión en su proyectada conferencia con Bolívar. En vez de esto, antes de celebrar un pacto formal, unió de hecho sus armas con las de Colombia, perdiendo la preponderancia adquirida en Guayaquil.
Enseguida, celebró un tratado de liga americana de paz y guerra, que dejaba pendiente la cuestión de límites, especialmente la de Guayaquil, en que las posiciones antagónicas del Perú y Colombia se definieron como una amenaza en suspenso.
Por último, toma como un hecho la oferta de Bolívar de concurrir a la terminación de la guerra del Perú con las fuerzas colombianas, y procede con más sentimentalismo que sentido práctico cuando, terminada en Pichincha la campaña de Quito y reducida la guerra de la independencia al territorio del Perú, piensa que ese auxilio le vendrá en las mismas condiciones en que él había prestado el suyo.
Antes de Pichincha, Bolívar, triunfante en el norte, era el más fuerte; después de Pichincha, era el árbitro y podía dictar sus condiciones de auxilio al sur.
San Martín se hacía ilusión al pensar que era todavía uno de los árbitros de la América del Sur y al contar con que Bolívar compartiría con él su poderío político y militar y que ambos arreglarían en una conferencia los destinos de las nuevas naciones por ellos emancipadas, una vez terminada por el común acuerdo la guerra del Perú, como había terminado la de Quito.
Sin más plan, se lanzó a la aventura de su entrevista con el Libertador, que debía decidir de su destino, paralizando su carrera. Si alguna vez un propósito internacional, librado a eventualidades futuras, fue claramente formulado, ha sido ésta; y si alguna vez se comprometieron declaraciones más avanzadas de orden trascendental sobre bases más vagas, fue también en ésta.

PRELIMINARES DE LA ENTREVISTA

Al terminar la guerra de Quito, el Libertador se dirigía al Protector y, al agradecerle el auxilio prestado por “los libertadores del sud de América” (según sus propias palabras); le significa que las tres provincias de Quito libertadas eran colombianas, renovando con este motivo su anterior oferta en términos generales: “El ejército de Colombia está pronto a marchar a donde quiera que sus hermanos lo llamen, y muy particularmente a la patria de nuestros vecinos del Sud, a quienes por tantos títulos debemos preferir como los primeros amigos y hermanos de armas.” El Protector le contestaba: “Los triunfos de Bomboná y Pichincha han puesto el sello de la unión de Colombia y del Perú. El Perú es el único campo de batalla que queda en América, y en él deben reunirse los que quieran obtener los honores del último triunfo contra los que ya han sido vencidos en todo el continente. Acepto su generosa oferta. El Perú recibirá con entusiasmo y gratitud todas las tropas de que V.E. pueda disponer, a fin de acelerar la campaña y no dejar el mayor influjo a las vicisitudes de la fortuna. Espero que Colombia tendrá la satisfacción de que sus armas contribuyan poderosamente a poner término a la guerra del Perú, así como las de éste han contribuido a plantar el pabellón de la República en el sud de este vasto continente. Es preciso combinar en grande los intereses que nos han confiado los pueblos, para que una sólida y estable prosperidad les haga conocer el beneficio de su independencia. Marcharé a saludar a V.E. a Quito. Mi alma se llena de gozo cuando contemplo aquel momento. Nos veremos, y presiento que la América no olvidará el día que nos abracemos” ¡Y no lo ha olvidado! pero por causas muy diferentes de las que se imaginaba el Libertador del sur al ir al encuentro del Libertador del norte, en la creencia de que éste lo reconocería a la par suya en calidad de árbitro “para combinar engrande los intereses de los pueblos americanos”, según sus palabras. Y el gobierno del Perú, al confirmar o ficialmente estas esperanzas, manifestaba al de Guayaquil y al enviado peruano cerca de él: “En la conferencia quedarán transadas cualesquiera diferencias que pudiesen ocurrir sobre el destino de Guayaquil, y arreglados todos los obstáculos para la terminación de la guerra de la independencia”. Con estas esperanzas y seguridades halagadoras, iba a celebrarse entre los dos libertadores la entrevista que “la América no olvidaría”.

INVITACION DE BOLIVAR

Consumada de hecho la incorporación de Guayaquil, Bolívar, al contestar la carta de San Martín que le anunciaba su visita, lo invitaba a verle en “el suelo de Colombia” o a esperarle en cualquier otro punto, envolviendo en palabras lisonjeras el punto capital, que era “arreglar de común acuerdo la suerte de la América”. Decíale: “Con suma satisfacción, dignísimo amigo, doy a usted por primera vez el título que mucho tiempo ha mi corazón le ha consagrado. Amigo le llamo, y este nombre será el que debe quedarnos por la vida, porque la amistad es el único título que corresponde a hermanos de armas, de empresa y de opinión. Tan sensible me será que no venga a esta ciudad, como si fuéramos vencidos en muchas batallas; pero no, no dejará burladas las ansias que tengo de estrechar en el suelo de Colombia al primer amigo de mi corazón y de mi patria. ¿Cómo es posible que venga usted de tan lejos para dejarnos sin la posesión positiva en Guayaquil del hombre singular que todos anhelan conocer y si es posible tocar? No es posible. Yo espero a usted y también iré a encontrarle donde quiera esperarme; pero sin desistir de que nos honre en esta ciudad. Pocas horas, como usted dice, bastan para tratar entre militares; pero no serían bastantes esas mismas para satisfacer la pasión de la amistad que va a empezar a disfrutar de la dicha de conocer el objeto caro que le amaba sólo por la opinión, sólo por la fama”.

SAN MARTIN EN GUAYAQUIL

Al firmar Bolívar esta carta el 25 de julio de 1822, a las 7 de la mañana, anuncióse que se avistaba en el horizonte una vela a la altura de un islote elevado a la boca del golfo llamado “El muerto”. Poco después la goleta “Macedonia”, conduciendo al Protector, echaba anclas frente a la isla de Puná, y la insignia que flotaba en su mástil señalaba la presencia del gran personaje que traía a su bordo. Anunciada la visita, el Libertador mandó saludarle por medio de dos edecanes, ofreciéndole la hospitalidad. Al día siguiente desembarcó San Martín. El pueblo, al divisar la falúa que lo conducía, lo aclamó con entusiasmo a lo largo del malecón de la ribera. Un batallón tendido en carrera le hizo los honores. Al llegar a la suntuosa casa que se le tenía preparada, el Libertador lo esperaba de gran uniforme, rodeado de su estado mayor, al pie de la escalera, y salió a su encuentro. Los dos grandes hombres de la América del Sur se abrazaron por primera y por última vez. “Al fin se cumplieron mis deseos de conocer y estrechar la mano del renombrado general San Martín”, exclamó Bolívar. San Martín contestó que los suyos estaban cumplidos al encontrar al Libertador del norte. Ambos subieron del brazo las escaleras, saludados por grandes aclamaciones populares. En el salón de honor, el Libertador presentó sus generales al Protector. Enseguida empezaron a desfilar las corporaciones que iban a saludar al ilustre huésped, presente el que hacía los honores. Una diputación de matronas y señoritas se presentó a darle la bienvenida en una arenga, que él contestó agradeciendo. Enseguida una joven de dieciocho años, que era la más radiante belleza del Guayas, se adelantó del grupo y ciñó la frente del Libertador del sur con una corona de laurel de oro esmaltado. San Martín, poco acostumbrado a estas manifestaciones teatrales y enemigo de ellas por temperamento, a la inversa de Bolívar, se ruborizó, y quitándose con amabilidad la corona de la cabeza, dijo que no merecía aquella demostración, a que otros eran más acreedores que él; pero que conservaría el presente por el sentimiento patriótico que lo inspiraba y por las manos que lo ofrecían, como recuerdo de uno de sus días más felices.

CONFERENCIA DE GUAYAQUIL

Luego que se hubo retirado la concurrencia, los dos grandes representantes de la revolución de la América del Sur quedaron solos. Los dos permanecían de pie. Paseáronse algunos instantes por el salón, cambiando palabras que no llegaban a oídos de los edecanes que ocupaban la antesala. Bolívar parecía inquieto; San Martín estaba sereno y reconcentrado. Cerraron la puerta y hablaron sin testigos por el espacio de más de hora y media. Abrióse luego la puerta: Bolívar se retiró impenetrable y grave como una esfinge, y San Martín le acompañó hasta el pie de la escalera con la misma expresión, despidiéndose ambos amistosamente. Más tarde, el Protector pagó al Libertador su visita, que fue de mero aparato y sólo duró media hora. Al día siguiente (27 de julio), San Martín ordenó que se embarcase su equipaje a bordo de su goleta, anunciando que en esa misma noche pensaba hacerse a la vela, después de un gran baile a que estaba invitado.Señal que no esperaba ya nada de la entrevista. A la una del día se dirigió a la casa del Libertador, y encerrados ambos sin testigos como la víspera, permanecieron cuatro horas en conferencia secreta. Todo indica que este fue el momento psicológico de la entrevista. A las 5 de la tarde, sentábanse uno al lado del otro a la mesa de un espléndido banquete. Al llegar el momento de los brindis, Bolívar se puso de pie, invitando a la concurrencia a imitar su ejemplo, y dijo: “Por los dos hombres más grandes de la América del Sur: el General San Martín y Yo”. San Martín a su turno contestó modestamente, pero con palabras conceptuosas que parecían responder a una preocupación secreta: “Por la pronta conclusión de la guerra, por la organización de las diferentes REPÚBLICAS del continente, y por la salud del Libertador de Colombia”.

REGRESO DE SAN MARTIN

Del banquete, pasaron al baile. Bolívar se entregó con juvenil ardor a los placeres del vals, que era una de sus pasiones. El baile fue asumiendo la apariencia de una reunión de campamento llanero, por la poca compostura de la oficialidad del Libertador, que a veces corregía él con palabras crudas y ademanes bruscos, que imprimían a la escena un carácter algo grotesco. San Martín permanecía frío espectador, sin tomar parte en la animación general, observando toda con circunspección; pero parecía estar ocupado por pensamientos más serios. A la una de la mañana, llamó a su edecán, el coronel Rufino Guido, y le dijo: “Vamos: no puedo soportar este bullicio”. Sin que nadie lo advirtiese, un ayudante de servicio le hizo salir por una puerta excusada - según lo convenido con Bolívar, -de quien se había despedido para siempre-, y lo condujo hasta el embarcadero. Una hora después la goleta “Macedonia” se hacía a la vela, conduciendo al Protector. Al día siguiente levantóse muy temprano. Parecía preocupado, y permanecía silencioso. Después del almuerzo, paseándose por la cubierta del buque, exclamó: “¡El Libertador nos ha ganado de mano! Y al llegar de regreso al Callao encargaba al general Cruz escribiese a O’Higgins: “¡El Libertador es el hombre que pensábamos!” Palabras de vencido y de desengañado, que compendiaban los resultados de la entrevista. Comentarios de las conferencias ¿Qué había pasado en las conferencias secretas? Lo que estaba en el orden de los hechos, en la atmósfera política, en las almas de los dos interlocutores. Antes de la entrevista ¿quién no sabía de lo único de que podían ocuparse San Martín y Bolívar? Después de la entrevista, ¿quién no sabe cuál fue el resultado de las conferencias? En el orden físico como en el orden político, son los mismos elementos los que constituyen la esencia de los fenómenos y forman la trama de los acontecimientos necesarios. Si conociendo la historia de la emancipación hispanoamericana, sólo se supiese que San Martín y Bolívar habían celebrado una conferencia en 1822, podría determinarse a priori cuáles fueron los puntos que en ella se trataron; y con más certidumbre pueden determinarse a posteriori, conociéndose los documentos correlativos que la precedieron y la siguieron, y los hechos que la explican. Dos grandes cuestiones dominaban la época: la terminación de la guerra de la independencia, circunscripta al territorio del Perú, y la organización política de las nuevas naciones independizadas. Las cuestiones de alianza militar para alcanzar lo primero y de límites para definir las soberanías territoriales, estaban comprendidas, pero eran accesorias. No había en el mundo de la política sudamericana otros problemas que resolver, “para fijar la estabilidad del destino de la América”, según las palabras de San Martín al buscar la entrevista. Por consecuencia, San Martín y Bolívar, las dos grandes influencias de la época que únicamente podían resolverlos como árbitros, debieron necesariamente ocuparse de ellos. El tiempo, que ha descorrido el velo del misterio, con exhibición del documento fundamental que esparce plena luz sobre la conferencia, ha venido, como un protocolo, a revelar, que lo que se trató en ella, fue lo mismo que estaba públicamente anunciado, salvo la guerra de Quito ya terminada, la cuestión de Guayaquil eliminada de hecho, y la desaparición de una gran figura de la escena sudamericana, que fue su consecuencia. La famosa conferencia de Tilsit, que sólo se conoce por inducción y por sus resultados, ha sido rehecha en todas sus partes como si el mundo entero hubiese sido testigo en ella. La de Guayaquil es más fácil de rehacer en sus partes integrantes, sin necesidad de apelar a conjeturas, con sólo ordenar los puntos y los incidentes fuera de cuestión que son del dominio de la historia documentada, sin agregar una palabra ni un gesto que no pueda ser comprobado.

COMENTARIOS DE LA ENTREVISTA

La conferencia se verificó bajo malos auspicios para establecer igualdad en la partición de la influencia continental: el Libertador del norte, dueño de su terreno, que pisaba con firmeza, tenía de su lato el sol y el viento; el del sur, se presentaba en una posición falsa, sin un plan fijo, sin base sólida de poder propio, que al pisar la playa guayaquilena había sido ganado de mano, según su expresión, en la cuestión que se proponía tratar de igual a igual. Así, los dos grandes protagonistas del drama revolucionario se presentaron enmascarados en esta escena, que sólo tiene de dramático lo que pasó en el alma de cada uno de ellos. La impresión que a primera vista produjo Bolívar en San Martín, fue de repulsión, al observar su mirar gacho, su actitud desconfiada y su orgullo mal reprimido. Tal vez leyó su propio destino en la mirada encapotada de su émulo, al encontrarse con otro hombre distinto del que se imaginaba a la distancia, y al chocar con una ambición con que no había contado. Sin embargo, lo penetró a través de su máscara. Bolívar, más lleno de sí mismo, miró a San Martín de abajo arriba, y sólo vio la cabeza impasible que tenía delante de sus ojos, sin sospechar las ideas que su cráneo encerraba, ni los sentimientos de su corazón. Vio simplemente en él un hombre sin doblez, un buen capitán que debía sus victorias más a la fortuna que a su genio. Así se midieron mentalmente estos dos hombres en su primer encuentro.

LOS DOS GRANDES PROTAGONISTAS

Bolívar tenía en su cabeza un plan de consolidación americana, que aunque confuso todavía, respondía a un propósito firme de dominación que se sentía llamado a ejecutar solo. San Martín, que no tenía el resorte de la ambición personal, y si la tuvo por acaso al provocar la conferencia adjudicándose el papel de árbitro, se destempló al chocar con aquella voluntad férrea encarnada en un hombre, que lo consideraba como un obstáculo a la expansión de su genio atrevido, pudo estimar su temple al encontrarse con un antagonista en vez de un aliado. “Puede decirse, -son palabras de San Martín- que sus hechos militares le han merecido con razón ser considerado como el hombre más extraordinario que haya producido la América del Sud. Lo que lo caracteriza sobre todo, y le imprime en cierto modo su sello especial, es una constancia a toda prueba a que las dificultades dan mayor tensión, sin dejarse jamás abatir por ellas, por grandes que sean los peligros a que su alma ardiente lo arrastra”.El círculo en que podía moverse la voluntad de San Martín, era muy limitado: iba de buena fe y sin ambición a buscar los medios de poner pronto término a la guerra de la independencia, circunscripta a un solo punto, y a tratar como “responsable del éxito de la empresa y del destino de la América”, según sus propias palabras, las grandes cuestiones americanas de la organización futura, resolviendo de paso las del presente, y no tuvo ni cuestiones que tratar, ni encontró siquiera hombre con quien discutir. Bolívar se encerró en un círculo de imposibilidades ficticias, oponiéndole una fría resistencia que no se dejaba penetrar, a pesar de haberle insinuado antes, que “entre militares, pocas horas bastaban para tratar”.

LO QUE SE SABE Y LO QUE NO SE SABE DE LA ENTREVISTA

Salvo el orden en que se trataron los diversos puntos conexos con la inmediata terminación de la guerra de la independencia sudamericana, todos los tópicos son conocidos, y hasta los gestos que acentuaron la interesante discusión. San Martín manifestó que no abrigaba temor alguno respecto de la suerte futura del Perú en el orden militar. Sin embargo, agregó, que aún cuando estuviese íntimamente convencido, que cualesquiera que fuesen las vicisitudes de la guerra, la independencia de la América era irrevocable, su prolongación causaría la ruina de las poblaciones, y era un deber sagrado de los hombres a quienes estaban confiados sus destinos, evitar tan grandes males. Bolívar ofreció el auxilio de tres batallones colombianos, pagando estrictamente la deuda de Pichincha; pero reservóse darles instrucciones secretas que anularan la cooperación que debían prestar, como se vio luego, complicando la oferta con la devolución del batallón Numancia, que debía agregarse a la columna colombiana. De este modo Bolívar ponía un pie en el Perú, sin dar los medios eficientes para terminar prontamente la guerra, dejaba más o menos librado el Perú a sus propios recursos, y en el estado crónico de la lucha o dado un suceso desgraciado, él era el árbitro, seguro de que el triunfo definitivo era cuestión de tiempo. Si Bolívar, en vez de 1.400 hombres prestados a medias, hubiese puesto a disposición del Protector tres o cuatro mil colombianos o decidídose a entrar con su ejército al Perú, contando, como contaba con la cooperación eficaz del General de los Andes, la guerra de la independencia habría terminado en tres meses. No quiso hacerlo, y la lucha se prolongó por tres años más. Para persuadirlo de esto, San Martín desenvolvió entonces el plan de campaña por puertos intermedios que tenía meditado, que para producir todas sus ventajas debía ser acompañado por una poderosa invasión a la sierra; y que esto no era posible sin el auxilio del ejército colombiano, pues los tres batallones colombianos ofrecidos (además del batallón Numancia) serían apenas suficientes para mantener el orden en Lima y guarnecer los castillos del Callao). Parece que Bolívar dio poca importancia a las últimas fuerzas que resistían en el Perú, sea por cálculo o por estar mal informado. San Martín se encargó de poner ante sus ojos los estados de fuerza, diciéndole, que “no se hiciese ilusión, sobre las fuerzas realistas en el Alto y Bajo Perú, que ascendía al doble de las patriotas; que se trataba de poner término a la lucha que juntos habían emprendido y en que estaban empeñados, y que el honor del triunfo final correspondía al Libertador de Colombia, a su ejército y a la república que presidía”.

MOMENTO PSICOLOGICO

El momento psicológico de la conferencia había llegado. Bolívar estrechado en sus defensas artificiales, pero resuelto a mantenerse en ellas, contestó, que el Congreso de Colombia no lo autorizaría para ausentarse del territorio de la república. Esto decía, el que había reconquistado a Nueva Granada sin autorización del Congreso, y le había impuesto la república colombiana, y que al sancionarse la constitución, se había reservado fuera de ella el absoluto poder militar en los pueblos que fuese sucesivamente libertando, como lo acababa de hacer con Quito y Guayaquil. San Martín, sin darse por entendido de que era una evasiva, le repuso, que estaba persuadido de que la menor insinuación suya al Congreso sería acogida con unánime aprobación. El Libertador estaba sordo, y no quería oír. San Martín tuvo la gran inspiración del momento. “Bien, general, -le dijo-, yo combatiré bajo sus órdenes. Puede venir con seguridad al Perú, contando con mi cooperación. Yo seré su segundo”. Bolívar, sorprendido, levantó la vista y miró por primera vez de frente a su abnegado interlocutor, dudando de la sinceridad de un ofrecimiento de que él no era capaz. Pareció vacilar un momento; pero luego volvió a encerrarse en su círculo de imposibilidades constitucionales, agregando que aún estando resuelto a emprender formalmente la campaña del Perú, su delicadeza no le permitiría jamás el mandarlo. Era significarle, que de ir él, con su ejército, iría mandando solo, como árbitro militar y político de la suerte de los pueblos, y que no aceptaba su cooperación. Si antes lo había considerado un obstáculo, ahora era más necesario suprimirlo, cuando se presentaba moralmente tan grande, que lo vencía con su abnegación. Fue sin duda entonces cuando formó de él el concepto de que era “un buen hombre”, pero peligroso aun como contraste de su ambición. San Martín, comprendió que el Libertador no quería hacer causa común con él: desde ese momento, probablemente, decidió eliminarse poniendo los medios para que el Perú resolviese por sí solo, con los últimos restos de las tropas argentinas y chilenas, la lucha americana, y en todo caso, dejar la puerta abierta para que el Libertador avanzase con su poderoso ejército triunfante, y diese el golpe mortal a la dominación española en la América del Sur.

ACTITUD DE SAN MARTIN DESPUES DE LA ENTREVISTA

¿Se trató en la conferencia la cuestión capital de la organización futura de los nuevos Estados sudamericanos? Es indudable. Todos los historiadores que han recibido más o menos directamente las vagas confidencias de los dos grandes protagonistas de la escena, coinciden en este punto, sin exceptuar uno solo, y aunque variando en las versiones, todos están contestes, en que San Martín abogó por la monarquía y Bolívar, por la república. No podía ser de otro modo, después de la solemne declaración de San Martín de que iba a tratarse en la entrevista por él buscada, “de la estabilidad del destino a que con rapidez se acercaba la América, y de que él y el Libertador eran en alto grado responsables”. Y necesariamente tenía que tratarla, dada la situación en que él se encontraba, con una negociación sobre monarquización del Perú pendiente en Europa, que aunque al parecer abandonada después de la convocatoria posterior del congreso peruano para entregar sus destinos al país libertado, podía todavía considerar como un proyecto presentable, si Bolívar le prestaba su aprobación, o no le ponía obstáculo. Sucede a este respecto lo mismo que en los demás tópicos de la conferencia. Conocidas las opiniones sobre forma de gobierno que profesaban ambos libertadores, públicamente declaradas en varias ocasiones, pueden poner se en boca de los interlocutores los argumentos que hicieron valer en favor de ellos, y hasta las palabras de que se sirvieron. San Martín diría, como había dicho siempre que aunque republicano por convicción, y considerando la república como el gobierno más perfecto, posponía sus principios al bien público, al optar por lo que creía posible y mejor para asegurar la paz de los nuevos Estados evitando la anarquía, porque no consideraba a los pueblos de la América del Sur preparados para la democracia; y que respecto del Perú, pensaba que era la forma de gobierno más adaptable a su estado social; siendo por otra parte este un medio de alcanzar una solución que conciliaba la política del nuevo y del viejo mundo, y aun de arribar a un arreglo con la España sobre la base del reconocimiento de la independencia. En este plan quimérico y absurdo, pero patriótico a su manera, no entraba por nada la ambición personal: él no aspiraba ni siquiera a ser presidente de república. Bolívar era republicano, a su manera también. Como presidente de una gran república, que componía un verdadero imperio, era más que un rey, y soñaba ya con la monocracia americana, y con la presidencia vitalicia que le había inoculado su maestro Simón Rodríguez, y que sostuvo en sus escritos varias veces desde sus primeros hasta sus últimos días de vida pública, como la única institución capaz de dar estabilidad a los nuevos Estados combinando la constitución monárquica de la Inglaterra con la democracia embrionaria de la América del Sur, por la eliminación de sus dos principios fundamentales: ni democracia, ni rey. Precisamente por este mismo tiempo se inauguraba el nuevo e inconsistente imperio mejicano, y Bolívar, tal vez por una asociación de ideas, que se ligaba a la reciente conferencia, después de emitir sobre San Martín en la intimidad, el juicio que había formado de él, considerándolo como un hombre bueno agregaba: “Itúrbide se hizo emperador por la gracia de Pío, primer sargento; sin duda será muy buen Emperador. Su imperio será muy grande y muy dichoso, porque los derechos son legítimos según Voltaire, por aquello que dice: El primero que fue rey fue un soldado feliz, aludiendo sin duda al buen Nemrod. Mucho temo que las cuatro planchas cubiertas de carmesí, que llaman trono, cuesten más sangre que lágrimas, y den más inquietudes que reposo. Están creyendo algunos que es muy fácil ponerse una corona, y que todos lo adoren; y yo creo que el tiempo de las monarquías fue, y que hasta que la corrupción de los hombres no llegue a ahogar el amor a la libertad, los tronos no volverán a ser de moda en la opinión”. En este manto de republicano, se envolvía una ambición cesárea, incompatible con la verdadera democracia, como sus reaccionarias teorías confesadas lo manifiestan y el tiempo lo demostró. Era pues natural que por principios y por instinto y hasta por interés propio, rechazase el plan monarquista de San Martín, y este era otro motivo para eliminarlo. Era una idea muerta.

CONFIDENCIAS DE LA ENTREVISTA

La tradición ha conservado algunas frases a propósito de monarquía, pronunciadas por los interlocutores, que uno de ellos ha confirmado. San Martín, en uno de los rarísimos momentos de expansión, comunicó en 1832 al enviado de Chile en París, don José J. Pérez, que Bolívar no creía posible la monarquía, sino a condición de que los reyes fuesen americanos. San Martín le contestó, según él, que no podían tomarse a lo serio monarcas “que habían fumado juntos el mismo cigarro, y para sus súbditos serían naranjos”, aludiendo a la monja que no podía reverenciar un Cristo tallado en el tronco de un naranjo que había visto crecer en el huerto de su convento. Algunas otras confidencias parece que se hicieron los dos libertadores. San Martín asegura que Bolívar le dijo, que “depositaba su mayor confianza en los oficiales ingleses que servían en su ejército”, y pudo cerciorarse por sí mismo que trataba a los oficiales colombianos más bien como esclavos que como compañeros, tolerando la mayor licencia en la tropa, en que era muy popuIar. Al despedirse para siempre del Libertador, al parecer amigablemente, ofrecióle enviarle desde el Perú un caballo de paso para las marchas de sus futuras campañas. Enseguida sentóse a la mesa del banquete, y vencido si no convencido, alzó la copa y brindó “Por la organización de las diferentes REPÚBLICAS del continente”. Hasta entonces, el Libertador del sur había fundado repúblicas de hecho, pero no había confesado una fe política, inclinándose en teoría a la monarquía, aunque sin pretender imponer sus opiniones. Por primera vez reconocía que los nuevos Estados sudamericanos eran REPÚBLICAS y debían organizarse como tales. ¿Hubo algo más? Tal vez. Así lo indica la reserva que uno y otro guardaron por el espacio de largos años, sin comunicar sus impresiones a sus más íntimos confidentes. San Martín, como vencido, quedó mortificado, y era un asunto de que no le era grato hablar, habiéndose impuesto por otra parte el silencio como un deber de patriotismo para no dar armas al enemigo, según lo dijo él mismo al Libertador después de la conferencia. Bolívar por su parte, no debió quedar satisfecho de sí mismo: el Protector lo había vencido moralmente con su abnegación, y su silencio mismo constituye el mayor elogio que podía hacer a su elevación de sentimientos. Es posible que San Martín se llevase a la tumba alguno de los secretos de la entrevista, respecto de los planes ambiciosos de Bolívar, entonces en germen, que hoy no son un misterio para nadie, pues él mismo se ha encargado de revelarlos al mundo con sus hechos y sus escritos. Todo induce, empero, a pensar, que las revelaciones anunciadas, se limitaban a la famosa carta que dirigió al Libertador después de la conferencia, que puede considerarse como el protocolo consentido de ella, y que entonces no era conocida ni sospechada siquiera,si algún rasgo de detalle se ha perdido, la historia no necesita de él, porque posee los suficientes documentos para juzgar a ambos en el momento de prueba en que sus caracteres se contrastaron por la piedra de toque del mando supremo en el apogeo de su grandeza.

FAMOSA CARTA DE SAN MARTIN A BOLIVAR

Un historiador colombiano, ministro y confidente del Libertador, ha dicho: “Afirmóse en su tiempo, que ni el Protector había quedado contento de Bolívar, ni éste de aquél”. San Martín por su parte se encargó de afirmar esto mismo, dando por motivo, que “los resultados de la entrevista no habían correspondido a lo que se prometía para la pronta terminación de la guerra”. Era un vencido. Si desde entonces meditó separarse de la escena, para no ser. un obstáculo a la terminación de la guerra, o si la situación que a su regreso encontró en Lima lo determinó a ello, es un punto accesorio que no puede con precisión determinarse; pero de todos modos esta fue una de las principales causas que obró en él para su resolución definitiva, además de otras que fatalmente la imponían. La primera palabra de San Martín de regreso al Perú, fue para abrir sus puertas a las armas auxiliares de Colombia, proclamando la alianza sudamericana, y de alto encomio para su feliz rival: “Tuve la satisfacción de abrazar al héroe del sud de América. Fue uno de los días más felices de mi vida. El Libertador de Colombia auxilia al Perú con tres de sus bravos batallones. Tributemos todos un reconocimiento eterno al inmortal Bolívar”. San Martín sabía bien que este auxilio era insuficiente, que su concurrencia no sería eficaz desde que no era dado con el propósito serio de poner de un golpe término a la guerra, y que su persona era el único obstáculo para que Bolívar se decidiese a acudir con todo su ejército al Perú. Fue entonces cuando, hecha la resolución de eliminarse, dirigió al Libertador la famosa carta, que puede considerarse como su testamento político, y que la historia debe registrar íntegra en sus páginas. “Le escribiré, no sólo con la franqueza de mi carácter, sino también con la que exigen los altos intereses de la América. Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente, yo estoy íntimamente convencido, o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa. Las razones que me expuso, de que su delicadeza no le permitiría jamás el mandarme, y que, aún en el caso de decidirse, estaba seguro que el Congreso de Colombia no autorizaría su separación del territorio de la república, no me han parecido bien plausibles. La primera se refuta por sí misma. En cuanto a la segunda, estoy persuadido, que si manifestase su deseo, sería acogido con unánime aprobación, desde que se trata de finalizar en esta campaña, con su cooperación y la de su ejército, la lucha que hemos emprendido y en que estamos empeñados, y que el honor de ponerle término refluiría sobre usted y sobre la república que preside. “No se haga ilusión, general. Las noticias que tienen de las fuerzas realistas son equivocadas. Ellas montan en el Alto y Bajo Perú a más de 19.000 veteranos, que pueden reunirse en el espacio de dos meses. El ejército patriota diezmado por las enfermedades, no puede poner en línea sino 8.500 hombres, en gran parte reclutas. La división del general Santa Cruz (que concurrió a Pichincha), cuyas bajas no han sido reemplazadas a pesar de sus reclamaciones, ha debido experimentar una pérdida considerable en su dilatada y penosa marcha por tierra, y no podrá ser de utilidad en esta campaña. Los 1.400 colombianos que envía, serán necesarios para mantener la guarnición del Callao y el orden en Lima. Por consiguiente, sin el apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por puertos intermedios, no podrá alcanzar las ventajas que debieran esperarse, si fuerzas imponentes no llamasen la atención del enemigo por otra parte, y así, la lucha se prolongará por un tiempo indefinido, digo indefinido, porque estoy íntimamente convencido, que sean cuales sean las vicisitudes de la presente, la independencia de la América es irrevocable; pero la prolongación de la guerra causará la pena de sus pueblos, y es un deber sagrado para hombres a quienes están confiados sus destinos, evitarles tamaños males. “En fin, general, mi partido está irrevocablemente tomado. He convocado el primer congreso del Perú, y al día siguiente de su instalación me embarcaré para Chile, convencido de que mi presencia es el solo obstáculo que le impide venir al Perú con el ejército de su mando. Para mí hubiera sido colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien la América debe su libertad. ¡El destino lo dispone de otro modo, y es preciso conformarse! “No dudo que después de mi salida del Perú, el gobierno que se establezca reclamará su activa cooperación, y pienso que no podrá negarse a tan justa demanda. “Le he hablado con franqueza, general; pero los sentimientos que exprime esta carta quedarán sepultados en el más profundo silencio; si llegasen a traslucirse, los enemigos de nuestra libertad podrían prevalerse para perjudicarla, y los intrigantes y ambiciosos, para soplar la discordia”. Con el portador de la carta, le remitía una escopeta y un par de pistolas, juntamente con el caballo de paso que le había ofrecido para sus futuras campañas, acompañando el presente con estas palabras: “Admita, general, este recuerdo del primero de sus admiradores, con la expresión de mi sincero deseo de que tenga usted la gloria de terminar la guerra de la independencia de la América del Sud”.

TESTAMENTO POLÍTICO

Esta carta, escrita con aquel estilo del General de los Andes, que era todo nervios, en que cada palabra parecía una pulsación de su poderosa voluntad, es el toque de retirada del hombre de acción -el documento más sincero que haya brotado de su pluma y de su alma- es el protocolo motivado de la conferencia de Guayaquil, que explica una de las principales causas de su alejamiento de la vida pública, y puede considerarse como su testamento político. Es un triunfador vencido y consciente, que al tiempo de completar su obra, se resigna a entregar a un rival más afortunado, glorificándolo, el honor de coronarla: “Para mí hubiera sido el colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia (aún bajo las órdenes de Bolívar). ¡El destino lo dispone de otro modo, y es preciso conformarse!” La historia no registra en sus páginas un acto de abnegación impuesto por el destino, ejecutado con más buen sentido, más conciencia y mayor modestia.